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Aúpa Alba

Capítulo 4: ‘Las grandes incertidumbres’

Estoy realmente hecho una mierda. Mi frase favorita de Héctor del Mar, una de las bajas más sensibles del 2019: en la vida no hay premios ni castigos, sólo consecuencias. Y una vez se entra en la veintena, deja de ser una opción agarrarse una buena castaña sin esperar consecuencias devastadoras. Pero no pasa nada. Sin empleo ni familia a mi cargo, es casi la única responsabilidad que puedo ejercer. Agarrarse una buena castaña porque sí hubiera sido, sin duda, lo mejor. Hacerlo por el inicio de otra Feria que cada año me despierta menos ilusión y más pereza, un guiño cómplice y algo hipócrita al paisanaje de mi ciudad. En cualquier caso, hacerlo por el motivo que lo hice entraba directamente en el ámbito del deber.

Otro que se ha mudado de barrio en 2019, Camilo Sesto, pertenece al selecto grupo de los que alguna vez y de algún modo han interpretado al carpintero nazareno, el único resucitador de muertos conocido en este mundo durante veinte siglos, justo hasta la irrupción del Albacete Balompié. Y Juan Antonio, que encima es Albacete antes que Anquela, tenía toda la carita de esos cadáveres que el Alba nos acostumbró a ir resucitando por los campos de España, esas mismas trazas, ese mismo mandoble colgando de un hilo sobre su cabeza y ese mismo runrún envolviéndolo, abrazándolo como una boa, en fin, ese insoportable hedor de muerte que tantas veces el paso de la lluvia de maná albacetista ha transformado en perfume de tierra mojada que anuncia fertilidad y excelente cosecha. Pero, por segunda vez en esta temporada que ya se me hace larga, la suerte se alió con el Albacete a través de la oportuna rigidez de los palos y la tecnología de videoarbitraje impartió justicia, esta vez con la mano de David Simón, permitiendo que Susaeta, desde los once metros, hiciese lo que al equipo tanto le cuesta todavía hacer con el balón en juego, y que es la acción decisiva de este deporte despiadado, la que en definitiva explica que el Albacete haya sumado dos victorias ante dos mastodontes y la mitad de los puntos en juego a pesar de las dudas, de los golpes recibidos en Almería y Gijón, del fallo criminal de Ojeda, de tantas cosas que aún no funcionan: enviar el balón al fondo de la portería y hacerlo una vez más que el rival al acabar el partido. Así ganó el Albacete al Girona, y así tuvo que conquistar Riazor por primera vez en casi 80 años de historia, y no hay castaña que pueda hacer justicia a la celebración que merece un logro como este. Enrique Martín puede estar orgulloso: su legado siempre vuelve, es prácticamente un ciclo económico.

No se cansa el fútbol de producir anécdotas, coincidencias casi impensables, y es una tentación irresistible interpretarlas como señales inequívocas de que alguna fuerza misteriosa anda detrás de todo. Pobre David Simón: cometió el penalti que se convirtió en el primer gol marcado por un jugador del Albacete en la temporada 2018/2019 y ha vuelto a hacer lo mismo en la temporada siguiente. Pobre Hitomi Tanaka: anotó en su propia portería el primero de los cuatro goles del Logroño que arrojaron definitivamente al Funda al abismo de un descenso lamentable y cocinado a fuego lentísimo, pero anotó el primero de los cuatro goles del Funda en la jornada inaugural de la temporada que, un lustro después, debe devolver al fútbol femenino albaceteño la ilusión por el ascenso, por recuperar su sitio perdido entre las mejores.

La vida es un camino incierto atestado de paradojas que a veces conviene tratar de esquivar, pero casi nunca es posible. Ganó el Córdoba al Murcia, ese Murcia con el que vamos a cumplir ya una década sin enfrentarnos, y en la rueda de prensa previa al partido Enrique Martín soltó una de esas perlas que, como él mismo exclama, tan bien le quedan, una de esas frases que nunca sabré si se las cree de verdad, en la línea difusa entre la pseudofilosofía engañabobos de Paulo Coelho y la eternidad de Confucio: los grandes éxitos están detrás de las grandes incertidumbres. Y confieso que creo de corazón en la potencia transformadora de las grandes incertidumbres, y creo que tras ellas se oculta todo, también lo peor. Esas incertidumbres son la niebla que encontramos cada día al salir por la puerta, y quizá el camino del éxito pase por atravesar lo más valientemente que se pueda esa niebla para darse de bruces y lidiar con las grandes paradojas que depara la vida: los penaltis reincidentes, los goles redentores o, como alguien tuiteó una vez, que una flaca lleve tantos años dando de comer a Pau Donés. No sé.

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