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Aúpa Alba

Capítulo 1: ‘Volvimos’

Foto: La Liga

Nos habíamos jurado volver. Nos lo juramos después de que Manaj fallase la falta que, quizá por única vez en la historia de la creación, sí debía tirar Susaeta. Lo veníamos jurando de antes, cuando nos fuimos dando cuenta, unos después que otros, de que REALMENTE podíamos hacerlo y, por tanto, era imperativo intentarlo. Volveremos, volveremos, estaba claro que volveríamos. Cómo dudarlo después de lo vivido, cómo atreverse a soñar con algo distinto, con algo peor. Cada día que pasaba era ya un día menos para volver. Pero no volvemos todavía.

Para volver nosotros primero tenía que volver el fútbol, y el fútbol volvió, y siempre que esto sucede la vida vuelve a ser un poco más una mierda. Como soy un imbécil del primer mundo que vive con moderada comodidad, sin que falte nunca comida en la mesa ni ropa en el armario ni algo de chatarra en el bolsillo para gastar en libros o en cerveza, como soy esa clase de miserable egoísta, todo se me jode cuando de pronto una tarde vuelve el fútbol y no vuelve justo donde lo habíamos dejado, con las espadas y las pelotas y el Albacete en todo lo alto.

 

Ya no hay más “decíamos ayer”, ya no hay solución de continuidad, nunca la hubo; Fray Luis de León no ha nacido nunca en este universo paralelo, en este planeta redondo que se desplaza entre galaxias de hierba. Ya no hay más nada, sólo una exigua casilla de salida ocupada por cada equipo en mitad de un vacío brutal que empieza a rellenarse desde el minuto cero. Y es innegable que el del Albacete, el enésimo nuevo Albacete Balompié de nuestras vidas, empezó a rellenarse mal, a rellenarse con basura, y aunque duele, también es innegable una cierta coherencia estética, la simetría de cerrar una temporada regular perdiendo 3-0 en los Juegos Mediterráneos y abrir la siguiente en el mismo escenario y con idéntico resultado.

El enésimo nuevo Albacete de nuestras vidas no fue, después de todo, tan nuevo. Se presentó con el mismo entrenador, el mismo portero bendito, la misma pareja atacante tan estimada como ineficaz cuando no hay quien la asista, la misma defensa con la ausencia –por ahora irreparable– de la motocicleta que solía arrasar por el carril derecho, y un centro del campo, este sí, a estrenar, con el plástico puesto y la etiqueta pegada. Entumecido, errático, exasperante, afectado por un esquema que ya lastró al equipo en muchos, quizá demasiados, partidos de la temporada que jamás volverá. Como no volverá Febas, que ya fabricaba goles para el Mallorca en Primera minutos antes de que el Albacete empezase a encajarlos en Almería. Como no volverán los demás. Pero nosotros volveremos, nos lo habíamos jurado. Lo habíamos susurrado y lo habíamos coreado en masa, volveremos, casi siempre sin especificar a dónde. Y entonces volvió el fútbol y, efectivamente, volvimos: a ser colistas, pero volvimos. Como antes, como cuando aún no recordábamos lo que era afrontar los años con verdadera ilusión y no por inercia depresiva.

Poco importó la conciencia de estar en la jornada uno, a mediados de agosto, con el mercado abierto, con estabilidad económica e institucional, en fin, todas esas cosas que están ahí para ser percibidas y sugerirnos que a lo mejor es pronto para organizar un linchamiento y el posterior suicidio colectivo. Poco importa nada cuando vuelve el fútbol y no vuelve donde lo habíamos dejado, con todo bien, con todo en orden. Un club humilde con afición humilde no necesita curas de humildad y, aunque nunca están de más, el esperpento de Almería no fue una de ellas. Más bien un beso de Judas de realidad, el souvenir que nos trae Segunda División de sus vacaciones por algún rincón de nuestras expectativas.

La vida para los miserables egoístas como yo es sin duda una agonía terrible, sobre todo ahora que nuestra fuente de preocupación casi exclusiva es de nuevo el fútbol, y todos los fichajes que faltan para completar una plantilla decente, y la necesidad higiénica de sacarnos de la cabeza a Eugeni, a Tejero, a Febas, lo que alguna vez fuimos y ya no somos. La vida debe ser eso que sucede mientras esperamos que vuelva sólo lo que nos gustaría. Y lo que sucede es que vuelve casi siempre lo más detestable, y las primeras veces que nos quedan por delante no son besos adolescentes sino penaltis en contra pitados por el VAR.

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