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Aúpa Alba

Capítulo 41: ‘La última tentación’

Nunca he estado en Almería y eso que no una, sino dos veces en mi vida me sentí como si estuviese allí mismo. Hace ya demasiado. No me hizo falta estar para estar, y eso es algo bastante familiar para todos nosotros, los idiotas del fútbol, que no pisamos jamás el césped pero siempre jugamos, que no marcamos los goles pero los celebramos. Podría haberme sentido así una tercera vez, si el Albacete hubiese llegado a los Juegos Mediterráneos prendido a una última bala con la que cazar el ascenso directo, pero no sucedió. No sucedió porque el ascenso directo ya pasó por el Carlos Belmonte y pasó de largo dos veces, primero dirección Pamplona y después dirección Granada, y quizá fuera ese el auténtico significado del vuelo de aquellos dos últimos pájaros justo antes del Albacete-Málaga, perdiéndose uno por Gol Norte y otro por Gol Sur. No sucedió porque hoy ya no puedo sentirme como me sentía entonces. Hasta hace bien poco todavía podía hacerlo conjurando alguna canción, alguna fotografía, pero resucitar muertos y recrear escenarios que ya no existen para drogarse unos minutos es un milagro macabro. Los años me han envenenado el corazón, pero me queda el consuelo de saber que para Ariadna, la de Los Punsetes, no soy una persona sospechosa, porque en el fondo me arrepiento profundamente de las decisiones que me han llevado a ser como soy.

Por un tiempo he llegado a creer de verdad que el curso de mi vida estaba ligado a la trayectoria de mi equipo, que en algún momento nuestros destinos se habían entrelazado y que si las cosas iban como iban era por designio del puto fútbol. Si sufrimos es porque el Alba sufre, y si el Alba levanta un poco la cabeza, si el Alba empieza a creérselo, entonces igual nos toca, igual ya me toca saber lo que es el éxito, la estabilidad, un estado de alegría más o menos permanente. Aunque no he sabido verlo ni he querido aceptarlo hasta el final, la ilusión por el ascenso también se me ha envenenado, convirtiéndose lenta y silenciosamente en obsesión. Engancharme un año más al remolque del Alba y que esta vez el Alba, camino de Primera, tire de mí hasta sacarme del lugar donde ha embarrancado mi vida para llevarme a otro mejor. No ascender sería prolongar una condena mental de la que ya sólo mi equipo me puede liberar. El corazón se me ha envenenado y yo ya he adulterado y agotado todo lo que me queda. El fútbol, las canciones y las fotografías.

 

Volver a Almería prendido a una última bala para cazar el ascenso directo hubiese sido terrible. Volver a Almería liberado ya de esa posibilidad y perder sin dramas ni consecuencias me ha aireado el alma. Nunca he estado en Almería. Dos veces en mi vida me sentí como si estuviese allí mismo; fue antes de que los años lo envenenasen todo. Entonces el fútbol tenía la importancia justa, que era muchísima, la máxima, como está mandado, y no era el vehículo de salvación imposible en el que he pretendido convertirlo. Entonces las canciones significaban lo que significaban, que era nada, porque no entendíamos las letras, porque la vida no nos había golpeado con su diccionario para traducirlas. No quiero vivir más esperando que el capricho del fútbol determine el momento de enterrar un ciclo eterno que empezó el primer fin de semana de junio de 2013, cuando el Oviedo nos lo quitó todo en casa y un día antes sentí que estaba en Almería sin estar allí. Como he pensado tantas veces, he pensado que lo mejor sería dejar esto del fútbol, pero es falso. No quiero dejar el fútbol, no voy a dejar el fútbol. Sólo debo devolverlo a su sitio y no permitir que nada me lo vuelva a envenenar. Dejar que las canciones y las fotografías descansen en paz y en la soledad de sus tumbas recuperen poco a poco la forma y el significado que les arrebaté. Dejar que el Alba haga su camino, hacer yo el mío y sellar el pacto con aquellos versos, no soy tu sombra, no soy tu hermano, soy el que viaja libre a tu lado.

No debería haber escrito nada de esto, pero siento que ahora, precisamente ahora, en el momento de afrontar el desenlace, es cuando cobra sentido el final que Nikos Kazantzakis le dio a “La última tentación”. ¡Todo se ha consumado! Y era como si dijera: Todo comienza.

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