Capítulo 40: ‘El tañido de las campanas’

Como para el resto de las cosas, tampoco valgo para ser romano. Siempre miro al cielo en esos instantes brujos que preceden a cada partido, y antes del Albacete-Málaga vi a los dos últimos pájaros que suelen sobrevolar el Belmonte marcharse lejos, uno por encima del Gol Norte, y otro perdiéndose entre el horizonte de árboles que viven detrás del Gol Sur. Quise interpretarlo como el augurio de algo positivo, ¿acaso no nos lo debían?, los dioses nos debían la venganza de la noche del Granada, todos lo sabíamos, fuimos los mejores y caímos como héroes, no sabía cómo, pero el vuelo de los putos pájaros del Belmonte tenía que significar algo, goles, victoria, revancha, justicia, pero tampoco valgo para ser romano. Igual que el Torito, yo valgo para lo que valgo y los augurios no se me dan, como a Messi las finales con Argentina, como al Albacete las batallas contra los equipos de arriba, y cuando se me dieron fue para mal. Y yo ni siquiera he marcado ni marcaré nunca un gol desde mi propio campo.

Cada poco tiempo las campanas doblan por Nicolás Gorosito y ese tañido lo lleva el central argentino grabado en los oídos, vendado en cada tobillo y tatuado en cada centímetro de su piel roja. Un futbolista con cuerpo de cristal de Bohemia, tan valioso, tan delicado, tan frágil, y alma de fuego vivo, un hombre dado por acabado casi tantas veces como el Albacete Balompié, y siempre de regreso con la esperanza y la promesa de un último baile, un último despeje, un último corte providencial, una última victoria personal e íntima. Como el Albacete Balompié, eternamente de regreso con la promesa velada y la esperanza compartida de un último ascenso a Primera o, al menos, una última victoria para celebrar entre todos y decirnos que no, que siempre nos dio un poco igual si final con beso, si final caminando solos bajo el aguacero de París, que lo único que queríamos era sentir que no estamos muertos.

 

Cada temporada se me hace como una vida en miniatura, acelerada y comprimida, y llego a cada mes de junio agotado, cínico y resabiado. Y me ocurre siempre, aunque esa vida en miniatura haya sido feliz, excitante y prometedora como la que hemos tenido entre agosto de 2018 y junio de 2019. Como le pasaba al calvo de los Celtas Cortos, a veces llega un momento en que te haces viejo de repente, y al acabar por fin el Albacete-Málaga después de ese descuento eterno y desesperante sentí que los cuarenta partidos de Liga se me habían caído encima y se me agolparon en la garganta todas las emociones y cada sentimiento positivo y negativo de la temporada. Y bajando la Avenida me fueron cayendo, encima de esos cuarenta partidos, también aquellos en los que perseguimos una salvación imposible desde Oviedo hasta Ponferrada, y encima de ellos los treinta y ocho del Grupo II, y los dos del Lorca, y la prórroga infernal del Baleares, y las siete jornadas de Aira hasta Soria, y las treinta y cinco de Enrique Martín. Pero lo que más dolió no fue el peso de tanta frustración y tanta emoción contenida y desatada, sino la certeza momentánea de no haber sido capaz de pasar página de una vez cuando ya creía haberlo hecho. Seguir corriendo sobre esa rueda mientras afuera todo ha tomado un curso nuevo, el Albacete va a jugar una promoción de ascenso y, como le pasaba al calvo de los Celtas Cortos, ya no queda casi nadie de los de antes, de los protagonistas de los tiempos pasados, y los que hay han cambiado, todos menos yo. A veces me siento congelado donde todo empezó, aunque sé que nada importará cuando el tañido de las campanas anuncie que hoy juega el Alba, sé que lo único que quiero es sentir que no estoy muerto.

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