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Aúpa Alba

Capítulo 37: ‘Cruz de mayo’

Foto: Rayo Majadahonda

En el mes de mayo todo deja de importar para que sólo importe el fútbol, y todo lo que tiene que ver con ese juego llamado fútbol deja de importar para que sólo importe lo que fiamos al fútbol, las ilusiones y las frustraciones que apostamos en él, los recuerdos que trae de vuelta y las mariposas que agita en nuestro estómago. En el mes de mayo la vida explota y nos tiramos al suelo a pelearnos por recoger los pedazos. El fútbol es ingrato para todos, pero ser futbolista es fácil. El aplauso y el abucheo son fugaces, casi nunca retumban en sus conciencias con eco suficiente para marcarlos eternamente. Ellos viven rápido, juegan jóvenes y dejan cadáveres más o menos hermosos. Ser aficionado no es tan fácil. Es una cadena atada a una bola de cañón entre los tobillos y un cubo de hormigón colgando del cuello. El eco de los aplausos y abucheos pasados se nos acomoda en lo profundo del oído para siempre. Vivimos despacio, nos hacemos viejos en nuestro rincón de la grada y cada cierto tiempo nos preguntamos si compensaron tantas ilusiones y frustraciones apostadas y perdidas en el fútbol a cambio de los pocos pedazos de vida que pudimos recoger en alguna que otra primavera. No es fácil ser aficionado ni lo es dar respuesta a las preguntas que atacan la naturaleza de nuestra pasión, como tampoco lo es ganar en el Cerro del Espino. Y sin embargo por esta vez ganamos. Y claro que sí. Claro que compensa.

El Albacete Balompié es una lección de vida constante. De lo que conviene hacer y de lo que jamás debería permitirse. En Majadahonda, el Albacete saltó al césped obligado a ganar para mantener al Granada a tiro y hacer de la próxima jornada un órdago a la grande prácticamente definitivo por el ascenso directo. Marcó tres goles en 30 minutos, manejó los tiempos, se hizo dueño de la situación, y eso es una lección de lo que conviene hacer cuando se tiene el triunfo entre ceja y ceja. Marcó tres goles en 30 minutos y se confió con otros 60 por delante, y eso es una lección de lo que no conviene hacer cuando juegas en casa de un rival condenado a sumar para huir de la amenaza del descenso, sobre todo si pocos días antes dos equipos teóricamente inferiores a sus rivales y en clara desventaja en el marcador han protagonizado sendas épicas remontadas para alcanzar la final de la Liga de Campeones. El Albacete Balompié es una lección de vida incluso para los aficionados del Rayo Majadahonda, porque las papeleras de los poetas están llenas de cuartillas arrugadas cantando las gestas inconclusas de equipos que jamás llegaron a marcar el gol que las culminase. El ejemplo de Héctor Hernández es una de las lecciones de vida más reconfortantes que nos ha dado el Albacete, porque a veces, sólo a veces, la desesperación provocada por algunos delanteros termina compensando cuando llega el momento en que la portería en la que fallan sus ocasiones es la de tu equipo.

 

No creo que el pesimismo tenga cura, pero sí creo en la posibilidad de controlarlo, de saber cuándo desterrarlo para no manchar las pocas oportunidades que la vida nos concede para disfrutar. El fútbol no me hace feliz, pero sería ingenuo esperar que lo hiciera. Una temporada exitosa puede ser el acicate para suspender indefinidamente el pesimismo, sin llegar a olvidar que los malos tiempos, igual que los buenos, siempre vuelven. En cada balón de fútbol está inscrita la circunferencia que representa la gran noria de la vida. Cuando se ha perdido la costumbre, atreverse a fantasear con el mejor de los futuros posibles es el mayor ejercicio de voluntad y gritarlo a los cuatro vientos un acto de valentía. He gritado y cantado muchas cosas en un campo de fútbol. He sentido muchas cosas en las primaveras que he vivido. Y sin embargo en el Cerro del Espino tuve, por primera vez, la voluntad de gritarlo, cantarlo, y sobre todo la valentía de pensarlo, sin importarme si no se cumple, sin importar que quizá no compensa: ¡¡Que sí, joder, que vamos a ascender!!

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  1. Pingback: 1×37: Cruz de mayo – Agorerismo mesetario

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