Capítulo 36: ‘Moralejas’

Foto: La Liga

Descender con un gol en propia portería es algo demasiado cruel incluso para lo que acostumbra esta vida a hacerle a quienes la viven y demasiado absurdo incluso para el Albacete Balompié. Pero también sucede, lo más cruel y lo más absurdo también sucede por mucho que nunca se esté del todo preparado para ello, por mucho que ya lo hayamos vivido antes. Supongo que Jean de La Fontaine, de haber nacido tres siglos y medio después, escribiría crónicas y ni una sola fábula pero nada hubiese cambiado: todas las moralejas posibles ya están en el fútbol y él habría llegado igualmente a la conclusión de que la forma más efectiva de chocarse de bruces con el destino es siguiendo el camino que se toma para evitarlo. Esa es quizá la mejor frase jamás escrita sobre los goles en propia portería, sobre su naturaleza y la condena edípica que acarrean, y eso que tiene tres siglos y medio, pero lo cruel y lo absurdo ya existían mucho antes del fútbol, antes de los fabulistas franceses, antes de los primeros mitos. Y mucho antes de todo eso el Numancia ya deambulaba por Segunda División, casi siempre entre el octavo puesto y el decimotercero, alguna vez más arriba, alguna vez más abajo. El Numancia es anterior a la crueldad y al absurdo, el Numancia es indescifrable e incomprensible, es eterno. Es el monolito de 2001 que iluminó al hombre primitivo para sumar 50 puntos y garantizar el sustento y el desarrollo.

Existen muchas razones que llevarían a un futbolista a preferir el Numancia al Albacete, e Ibrahima Baldé las conoce todas. El porqué de su decisión de ir a Soria cuando el Atlético ya había cerrado su cesión al Alba es un secreto que morirá con él pero, tratándose de los últimos días de agosto de 2010, no sólo puedo entenderlo sino que admito que yo hubiera hecho lo mismo en su lugar. Mientras Ibra terminaba de decidirse, fichamos al Pipino Cuevas por fichar algo, y cuando confirmó que nos dejaba tirados fichamos a Kandol, porque fichar un congoleño si fallaba el senegalés y esperar que nadie notase mucho la diferencia era nuestra manera de funcionar por entonces. Así todo solía ser mucho más sencillo, y la temporada fue de una sencillez tan pasmosa que pronto nuestras preocupaciones se redujeron a acertar la jornada en la que bajaríamos. El número ganador fue el 38, un miércoles de mayo en que el Numancia, con Ibra en la delantera, nos derrotó en casa después de un gol en propia portería.

 

Descender de esa forma es algo que muchos otros equipos pueden igualar, pero que sólo el Albacete Balompié es capaz de repetir y con dosis añadidas de crueldad y absurdo. Ocurre todo lo contrario con salir descaradamente a amarrar el empate, confirmándolo ante la prensa y casi anunciándolo en las camisetas, un arte que casi todos los equipos del planeta han practicado con éxito en el Carlos Belmonte y que sólo suele terminar en derrota cuando quien lo practica es el Albacete Balompié. La identidad de un club y el orgullo de pertenencia también se construyen desde las pequeñas grandes imperfecciones. El amor florece con la atracción que ejercen las virtudes, pero sólo se consuma realmente con la aceptación de los defectos. El fútbol nos enseñó todas las moralejas. Que no somos especiales ni somos los mejores. Que a veces redimimos decisiones del pasado sin quererlo, como Ibrahima con su gol al Granada, el más importante de todos los que nunca marcó con la camiseta del Albacete. Que a veces encontramos el gol que nos condena al descenso justo en el despeje que trataba de evitarlo. Que a la gloria, como sentenció La Fontaine, no se llega por un camino de flores.

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