Capítulo 34: Evocación

Foto: La Verdad

El pequeño Andrés era del Alba, el equipo de su tierra recién ascendido a Primera División, pero también le gustaba el Barça. Aquel sábado de vacaciones no iba a ser un día cualquiera: sus dos equipos se enfrentaban en un escenario monumental, tan recurrente en sus sueños de niño pegado a una pelota. El Albacete visitaría por primera vez el Camp Nou y a Andrés las horas se le hacían eternas. Llegaron las ocho de la tarde y ocho goles se sucedieron delante de los ojos del chico. Siete del Barça, en estado de gracia tras su flamante clasificación para una final de la Copa de Europa tantos años después, sólo uno del Albacete. Siete puñales clavados en el corazón y Andrés, como una dolorosa enfurecida, no pidió explicaciones al cielo. Juró venganza. Se acabó el Barça, no más soñar con el Camp Nou. Del Alba siempre, pese al orgullo herido, y ahora también del Real Madrid. Caía la noche del Sábado Santo y mientras las campanas de la iglesia de Santiago tocaban a vigilia, Andrés giró la rueda de la radio de su abuelo para huir de la programación deportiva. Entre el carraspeo arenoso del dial encontró Los 40 Principales, donde sonaba el número 1 de aquella semana: una canción triste y adictiva sobre los viejos buenos tiempos, sobre una vida que nunca acaba siendo la que esperábamos y novias que construyen su futuro con otro; una letra cargada de una melancolía que Andrés no podía entender a sus casi 8 años, una carta fechada a 20 de abril del 90.

Aquel día, un joven músico de Valladolid se puso a recordar escribiendo con una carta, sin darse cuenta, su nombre en la historia y los periódicos albaceteños recogían la crónica de lo sucedido la noche anterior en el Carlos Belmonte, un choque de trenes entre Albacete Balompié y Agrupación Deportiva Ceuta disputado en jueves, con más de un mes de retraso por el bloqueo del puerto de Algeciras. Un medio ceutí llamado Julio saltó al césped decidido a jugar el partido de su vida. Marcó tres goles, pero Pedro Corbalán recogió el guante y anotó otros tres, evitando con el último de ellos que los puntos volasen rumbo a África. Benito Floro, consciente de que nada ni nadie podría ya evitar el ascenso a Segunda de su Albacete, no se fue a dormir pensando en cuándo y dónde cantar el alirón, sino en lo bien que podría encajar aquel tal Julio en su equipo en el futuro. Eran ya las primeras horas del 20 de abril del 90. Pocas semanas después, el Alba se proclamaba campeón.

 

Fue el primero de dos alirones consecutivos, los últimos que la afición habría de cantar hasta que un gol agónico de Rubén Cruz en Almería salvó el empate e hizo buena la victoria conseguida ante el Melilla el domingo anterior, 20 de abril del 2014. El Alba volvía a ser campeón, y volvió a serlo tres años después en el Paquito Giménez, tras ganar 2-4 al Socuéllamos. Marcar cuatro goles en un solo partido se convirtió desde entonces en un fruto prohibido colgando de una rama demasiado alta para la puntería blanca, hasta que subidos a hombros de Eugeni Valderrama y Aleix Febas logramos alcanzarla y saborearla de nuevo. Era 20 de abril y era Sábado Santo, y el Socuéllamos acababa de cantar el alirón en Tercera tras ganar un partido disputado en jueves.

El Carlos Belmonte contempló seis goles, no en un 3-3 contra el Ceuta sino en un 4-2 a Las Palmas, que ya había perdido en Albacete cuatro Sábados Santos antes con Aythami y Javi Castellano sobre el césped. Nadie se acordó de que Javi Castellano vistió la camiseta del Alba en la 2009/2010 ni que sus últimos minutos los jugó en una derrota por 4-0 en Gran Canaria. Nadie recordó que en el Sábado Santo de aquella temporada asaltamos de milagro una Nueva Condomina que no hemos vuelto a visitar, con todo lo que ha llovido desde entonces sobre Murcia y Albacete, con tantas idas y venidas sin llegar a cruzarnos, con ese Mundial ganado meses después del último derbi gracias al gol de un niño que era del Alba y renegó del Barça el Sábado Santo del 92, cuando Celtas Cortos triunfaban en Los 40 y el Camp Nou aún desconocía dónde estaba Fuentealbilla. Nadie recordó. Nadie recuerda cuando se tiene un presente glorioso que vivir.

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