Capítulo 31: ‘Aún estamos a tiempo’

La vida sería demasiado sencilla si fuese justa, si no se equivocara tanto como nosotros y no repartiese siempre a destiempo y casi siempre mal. Uno desearía que algunas cosas no terminasen nunca, pero terminan y casi siempre también mal y tarde, cuando no deben, cuando ya han durado demasiado, ese poquito tiempo suficiente para romper el encanto. Por eso siempre admiraré a los Leño. Dejarlo en lo más alto y antes siquiera de que empiecen los malos rollos no está al alcance de cualquiera, de hecho no es ni humano, lo que explicaría ese talento extraterrestre para las seis cuerdas de un tipo que nunca leyó un pentagrama y que siempre gastó esa napia tan inmensa porque, igual que Tomeu Nadal y Luis Miguel Ramis, en alguna parte tenía que guardar el secreto de su magia, porque no cabe en una funda si dentro ya hay una guitarra y no cabe en unos guantes si dentro ya hay dos manos.

Al Tenerife hay que tenerle miedo siempre. Es una némesis tan improbable como necesaria para el Albacete Balompié, alimenta el aura casi maldita de los partidos entre ambos y agita el hambre de la grada, con la presencia entrañable de Rommel Fernández como antepasado común de dos descendientes enfrentados para añadir a la historia el sabor de drama familiar que necesita cualquier tragedia épica que se precie. Puede que Suso Santana siga marcando goles en el Carlos Belmonte después de jubilado y de muerto, aunque los de ahora duelan menos que los de antes porque los primeros son un zarpazo en nuestras alas y los de entonces eran balazos en la boca del estómago. Puede que nos acordemos muchos años del gol de Malbasic que nos robó dos puntos, tantos como el palo en el último suspiro del partido de ida, porque la vida reparte siempre a destiempo y casi siempre mal. Al Tenerife y al Numancia habría que tenerles miedo siempre, pero el Albacete de Ramis hace gala de no tenérselo a nadie y parece obsesionado con romper ciertas barreras mentales de la afición: ganó en Lugo, ganó en casa del colista, ganó tres partidos consecutivos y casi gana cuatro, como casi ganó al Tenerife en el Belmonte. Ninguna barrera se rompe sin la valentía de embestirla en lugar de querer darle un rodeo, aunque la fortuna no siempre sonríe a los valientes: eso lo aprendió Luis Miguel Ramis después del gol de Malbasic. Nosotros lo traíamos aprendido después de tres años junto a otro Luis, el último entrenador del Albacete en ganar al Tenerife en casa.

 

Para mal o para bien, ahora en los Albacete-Tenerife hay goles. El de la temporada 2007/2008 lo vi con mis compañeros de equipo de fútbol sala en Gol Norte gracias a unas invitaciones del club. Eran aún los primeros meses de reinado de Bandera Blanca y todo el revuelo por cuestiones extradeportivas eran intrigas palaciegas difíciles de entender para un púber feliz del zapaterismo pre-crisis que bastante tenía con compaginar el instituto, aprenderse la Guía Marca, rayar el “Física y química” de Sabina y trasnochar los fines de semana descubriendo el misterio de la radio de madrugada. En mitad de todo aquello, la oportunidad de ver un partido en directo en el Belmonte era maná escupido por el cielo gris del Albacete otoñal. Mi padre, mirando siempre por mi bien, nunca me llevó al fútbol y había que agarrarse a cualquier clavo medianamente caliente. No hubo goles en aquel Albacete-Tenerife: el que tenía que marcarlos era Meyong Zé y, claro, eso complicaba las cosas. Al menos pudimos celebrar los que le metía el Sporting al Cádiz según iba informando el videomarcador, como novios despechados por el reciente cambio de aires de Parri, a quien todavía reconocíamos como ídolo antes de rendirnos del todo a Barkero. Desde entonces siempre ha habido goles en los Albacete-Tenerife. Incluso demasiados.

Hablando por teléfono con mi padre horas antes del partido me preguntó: “¿Contra quién jugamos hoy?” Fue la primera vez en su vida que se refirió al Alba en primera persona del plural. Nunca me llevó al fútbol. Quizá no miraba por mi bien y sólo estaba esperando que fuese yo quien lo llevara. La vida no es tan sencilla, pero aún estamos a tiempo de todo.

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