Capítulo 30: ‘Montañeros’

Foto: La Liga

Cada victoria fuera de casa mediante ese resultado tan redondo, quizá el más perfecto en el sentido estricto del término que puede existir en el fútbol, el cero a tres, debería ser recibida en el seno del albacetismo como se recibe la aparición de un nuevo profeta entre un pueblo atribulado. No existe un tanteo más curvilíneo y voluptuoso, más agradable a la vista en cuanto a sus proporciones geométricas que un 0-3, si exceptuamos ese 3-8 con el que finalizó el histórico Real Valladolid-Real Oviedo del 96. En las dos primeras décadas del siglo XXI, el resultado ha sido celebrado con moderada frecuencia en el Carlos Belmonte y lejos de él se han obtenido de cuando en cuando ventajas similares e incluso alguna vez superiores, pero el 0-3 como tal ha mantenido su carácter excepcional: hasta la visita del Albacete de Ramis a Lugo, sólo se había producido en cuatro ocasiones. Antes que el Anxo Carro lo presenciaron el Nuevo Vivero pacense el año del ascenso a Primera, La Rosaleda, Vallecas en el regreso triunfal de Máximo al banquillo –tras fulminar él mismo a un hombre de futuro como era Juan Ignacio Martínez– y el Elviña Grande, una pradera de caucho al sur del área metropolitana de A Coruña donde jugaba sus partidos como local el Montañeros. Allí había ganado por última vez el Albacete 0-3, siete años y dos meses antes de revivir el resultado a orillas del Miño.

En ambos partidos lo rotundo del marcador final caía como una manta gorda cubriendo los pormenores, la dificultad tramposa del duelo, la falta de acierto del rival para materializar no pocas situaciones de peligro real y ciertos tramos de flaqueza. Un 0-3 siempre es un portazo cuyo estruendo ensordece el rumor de esa conciencia que pretende recordarnos que Adrià no le hizo el segundo al Montañeros hasta el minuto 87 y que el tercero tuvo que marcarlo de aquella manera Colorado después de que David Torres fallase su penalti; que la genialidad de Febas rasgó la cortina del templo lucense justo cuando más rozaban las yemas de tantos dedos albivermellos el empate contra un Albacete casi noqueado y que Tomeu Nadal tuvo que volver a cumplir su cuota de milagros por partido para mantener los monstruos a raya bajo la cama.

 

Los claroscuros que se esconden tras cada detalle no restan brillantez a una victoria como la que conquistó el Albacete en Lugo. Entre la realidad y la leyenda siempre escogemos la leyenda: es la decisión más humana y antigua de todas, pero no hay leyenda que no hunda sus raíces en alguna realidad, por muy remota que sea. La leyenda de los grandes equipos y de los tiempos sobre los que volvemos la vista en la mala hora, el tronco central del relato que termina transmitiéndose a la siguiente generación, siempre se construye a través de destellos, fotografías, palabras sueltas. Parece un proceso paradójico, pero no lo es en absoluto. Los hechos caen todos por igual sobre el lecho del río. El correr del agua a lo largo de los años se lleva por delante aquellos destinados al olvido y amontona otros en una terraza escondida junto a tantas anécdotas accesorias. Sólo unos pocos quedan en el fondo, se sedimentan y se hacen uno con el canal. Son estos últimos los pilares que sostienen el relato, las muletillas de la memoria que quiere armar su discurso. Todavía es pronto, siempre es pronto para predecir nada, pero la ocasión con la que debió Manu Barreiro empatar el partido para el Lugo ya corre río abajo arrastrada por la escorrentía, siguiendo la estela perdida de otras que ya hemos olvidado. La leyenda de los grandes equipos no se construye con remordimientos. La leyenda del Albacete se construye hoy con latigazos de gol de Febas y Tejero, con el orgullo del talento y la felicidad despreocupada de jugar, ganar, empatar, perder, vivir liberado de (casi) todo.

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