Capítulo 27: Vivimos siempre juntos

El 2 de marzo nos levantamos con ganas de fútbol. Recibíamos al Algeciras después de una semana dura y necesitábamos un desquite desesperado por los cuatro goles del Cádiz en el Carranza en el partido de la jornada anterior. Había sido nuestra primera derrota de ese 2014 que tan mal me trató, y llegó de la peor manera posible, aunque pudimos conservar la segunda plaza en la clasificación. El liderato de La Hoya nos parecía inalcanzable, el Cartagena acechaba sin conceder tregua y al Algeciras lo entrenaba un tipo bajito al que llamaban Manolo Sanlúcar, como el célebre guitarrista flamenco. Nos levantamos con ganas de fútbol y nos acostamos con ganas de morir, porque iban ya tres jornadas jugando contra equipos gaditanos traducidas en tres jornadas sin ganar mientras La Hoya goleaba al Écija, nuestro próximo rival, y se escapaba en la cabeza del grupo dos puntos más. Creo que fue entonces cuando empecé a pensar en Cádiz como una tierra maldita, ajena y vedada a los submesetarios que la imaginábamos de color salitre y alegría melancólica, como la evocaba Kiko Veneno en la canción del marinero Joselito. Años después viajé hasta allí y los de siempre nos echamos una pachanga playera contra unos autóctonos, y les ganamos, y esa fue toda mi venganza, conquistar una playa atlántica a cambio del golazo a balón parado del Algeciras y de los cuatro del Cádiz la semana anterior, de los penaltis de 2012 y del gol de Dani Fragoso que culminó la remontada de 1-3 a 4-3 en la que quizá fue la última gran tarde de Víctor Espárrago en el Ramón de Carranza. Una venganza de esas silenciosas e intrascendentes que no cambian el pasado ni mitigan dolores con efecto retroactivo.

El 2 de marzo nos levantamos con ganas de fútbol, como siempre. Por primera vez en siglos ya sin ningún apremio de la necesidad, sólo por el simple mono de ver a nuestro equipo ser recibido como un grande en un escenario grande, y nos acostamos con más ganar de matar que de morir, como casi siempre últimamente, un hálito de venganza de esas que no cambiarían el pasado ni mitigarían la indignación y el absurdo de un penalti inenarrable, pero que le harían un favor, si no a la humanidad, sí al menos al deporte. El 2 de marzo tampoco ganamos contra un equipo gaditano en aquella tierra vedada y esta vez no pudimos conservar la segunda plaza en la clasificación mientras el líder ganaba al Nàstic, nuestro próximo rival, y se escapaban dos puntos más. Pero estamos mejor ahora.

 

Cuando empecé a soñar con ser futbolista me imaginaba corriendo la banda izquierda con un rotundo MIGUEL ÁNGEL serigrafiado en la espalda de la camiseta y todo el estadio gritando mi nombre en un arrebato tribal; de aquellas tenía el espejo de un jugador del Málaga que también se hacía llamar así y la performance de Nacho Cano me había pillado demasiado pequeño. Cuando Ramis hizo debutar a Miguel Ángel en el Carranza saldó sin saberlo una cuenta pendiente con mi infancia. Una de las más remotas. Ojalá lo saque otro día en el Belmonte y poder gritarle a toda mi grada: “¡Animad más alto, que nos oiga Miguel Ángel!”

En el Antiguo Testamento fue Coco y en el Nuevo fue Pablo. Siempre que el Albacete Balompié ascendió a Primera lo hizo con un canterano de la provincia en el eje de la zaga. Por eso en Ángel Moreno hay un aire de evocación y a la vez de profecía por cumplir y tierra prometida. En la mirada de Ángel palpita esa ilusión que, hasta que se nos niegue por completo, mantendremos todos los ilusos de este extremo de la Meseta. Palpita el recuerdo de un pueblo donde aprendí que el amor de una vida puede ser otro además del equipo de fútbol, aunque desaparezca como desaparecen tantos equipos. Cuando me preguntan qué tal, siempre me queda el Alba para contestar “estamos mejor ahora”, para no preocupar al personal sin mentir demasiado.

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