Capítulo 25: La rabia del milenio

Lo más importante no es ser bueno, sino creérselo. Vale también para el saber de fútbol: no es saber de verdad, es creerte que sabes, es que los demás se lo crean. Alejandro sí que sabe o al menos hace que yo me lo crea, por eso sólo pude asentir cuando dijo al salir de La Romareda que James Igbekeme no es bueno, que solamente se lo cree, y que por habérselo creído desde la primera jugada del partido se había ido viniendo arriba hasta firmar una actuación memorable ante su público. A lo mejor el Albacete no es tan bueno y solamente se lo está creyendo de más, pero ahí está, líder de Segunda División por tercera jornada consecutiva y a un punto de los cincuenta, y eso no es interpretable, eso no se trata de creerlo o no.

El gol de Álvaro Peña sí que era interpretable y ese sí que nos lo creímos entero, ese sí que lo gritamos. Al Albacete le anulan goles que podrían ser legales. Al rival se los anula Tomeu, estirando el brazo clavado en el suelo o surcando el cielo agarrado a la cola del 747 de Enrique. A lo mejor lo de Tomeu también es cuestión de creérselo, porque brilla más en escenarios de Primera y ante rivales que deberían serlo de lo que brillaba en el abismo de 2ªB donde lo conocimos. Cuestión de creérselo o de mejorar con el tiempo, que también sucede aunque estemos abonados a lo contrario.

 

Es un alivio ver que el Zaragoza, aunque sea el mismo equipo que decepcionaba con Idiakez y con Alcaraz, al menos se está creyendo que es un equipo distinto, el que está llamado a ser, el que la historia le obliga a representar. Nadie se lo cree más que Víctor Fernández, y nadie se cree más a Víctor que los veintipico mil zaragocistas que casi llenaron su Romareda, los viejos que conocieron la gloria de su mano y los críos que se han destetado con su leyenda. No eres neoyorquino hasta que no te cruzas a Woody Allen por la calle y no conoces La Romareda hasta que no has visto a Víctor en la banda custodiando el banquillo del Real Zaragoza.

Aunque es algo tarde para advertir a estas alturas que –sin importar cómo termine– esta temporada tiene algo de revival de la 2002/2003, casi cada jornada me sorprende todavía con un nuevo chispazo, una nueva descarga sobre la sien que agita las tripas y desboca la memoria. Zaragoza, precisamente Zaragoza no podía dejarnos indiferentes. Al llegar a la Plaza de Aragón volví la vista hacia el Paseo de la Independencia y supe de qué me sonaban esas farolas con forma de haber fallado ya dos letras en el juego del ahorcado. Las fotos. Los vídeos. Ya había visto esas farolas en los recuerdos de las celebraciones del 14 de junio, cuando Ángel Cuéllar abrió el séptimo sello a 860 kilómetros de Albacete y a 790 de Zaragoza. Sólo hacía unos meses que habían colocado las farolas en el Paseo. Era un niño que canturreaba “Delgadito” y “La taberna del Buda” a las puertas de las vacaciones. Miraba a Pablo Ibáñez por la tele sin imaginar que tanto tiempo después lo vería pasar a mi lado en la cola para entrar a La Romareda. El fútbol aún no me había quitado nada, por eso me lo creí todo. Aquel año nos lo creímos. César se lo creyó. Y se hizo realidad.

Zaragoza no es Nueva York ni falta que le hace y la primera persona que nos cruzamos el domingo no fue Woody Allen sino un yayo surrealista con una bufanda de la casa Targaryen, negra y roja, con su dragón de tres cabezas bordado. Andrés ve perfectamente de lejos pero se creyó que era una bufanda del Eintracht de Frankfurt, porque al final de lo que se trata es de creérselo, porque no podemos dejar de pensar ni un segundo en el puto fútbol.

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