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Aúpa Alba

Qué esperar cuando estás esperando

Dicen por ahí que la mejor manera de combatir el miedo es a través de la risa porque no puedes temer algo de lo que te estás cachondeando, o al menos eso debió pensar el tipo que desde Gol Norte le gritó “¡PROMESA!” a Salva Sevilla cuando se dirigía a botar un saque de esquina junto al quesito de la afición visitante. Que nada nos quite nunca esas ganas de cachondeo, igual que los años, a cambio de canas, no le han quitado a Salva Sevilla ese buen golpeo de pelota que nos jodió la vida en el Helmántico, amargando la cuarta venida de Julián Rubio y haciendo que su tocayo Ballesta hubiese marcado un gol desde 45 metros para nada. De aquellas Salva Sevilla aún no tenía 200 tacos pero ya jugaba con el poso de un veterano. Si fuese italiano se llamaría Salvatore Siviglia y seguiría yendo con la azzurra sólo para tirar las faltas. Ojalá Cabrero, después de pegarle las cuatro voces de rigor a su barrera, le hubiese gritado “¡PROMESA!” a Salva Sevilla mientras tomaba sus tres pasitos de carrerilla. Quizá así hubiese neutralizado su veneno y aquel libre directo habría acabado en nada, como el córner que botó diez años después sobre Gol Norte, como la falta en el piquito del área que nos paró el corazón en los últimos minutos del Albacete-Mallorca.

Cabrero se comió el libre directo de Salva Sevilla y se comió el cabezazo de Rubén Cruz que nos dio la última victoria antes de descender matemáticamente a Segunda B. También fue el último gol con el Albacete de Rubén, héroe del ascenso, pero cuando nos juntamos los de siempre y alguno cita ese partido no nos acordamos de él sino del otro héroe del día del Sestao, César Díaz, y de cómo mandó la pelota al palo después de que Cabrero cantara y le dejase la portería vacía, todita para él. Ese Albacete-Mallorca también estaba destinado a acabar 2-0, pero hay veces que el esperpento termina imponiéndose a todo. Eso ha pasado mucho en Albacete y llegó a pasar mucho en Palma hasta que la B les trajo un nuevo comienzo y a Vicente Moreno para liderarlo. Que pasados treinta y tres meses de aquella tarde ambos clubes estén peleando en la zona noble de Segunda, dirigidos por dos de los mejores técnicos de la categoría e insuflando grandes esperanzas a sus aficiones no sé si es un milagro, pero sí un buen motivo para decirnos a nosotros mismos que no, no estamos tan mal, que podríamos estar peor y aún podemos estar mejor, que todo llega.

 

Porque es verdad que todo llega, aunque se haga esperar dieciséis años, que tampoco son tantos en comparación con el medio siglo que esperaría más de uno que vio nacer al Albacete hasta verlo llegar a Primera División. Saber esperar sin saber qué esperar exactamente resume bien en qué consiste la vida de un hincha. Esperar y confiar en que todo llega y que siempre se puede estar peor, una mentalidad tan nuestra, tan católica, tan española y tan del Albacete, dieciséis años sin ser líderes, catorce sin pisar Primera, esperar y esperar. Confiar en que todo llega y todo vuelve mientras esperamos que empiece un Zaragoza-Albacete. Que aún podemos estar peor, aún puede venir el Fuenlabrada a meternos cuatro o Salva Sevilla a jodernos la remontada desde la frontal del área.

Hay goles de los que es imposible curarse. Dejar de comernos chicharros de falta de Quique Martín para comérnoslos de Salva Sevilla, gran ejemplo de cómo la vida siempre tiene a mano la llave inglesa para dar otra vuelta de tuerca a su manera de jodernos. Cuánta sangre, cuánta gloria, cuánto fútbol en los Salamanca-Albacete. El 9 de febrero la Unión hubiese cumplido 96 años de historia. La echo de menos en esta Segunda tan nuestra que también era tan suya.

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