Capítulo 22: La vida que no cambia

Si me pagasen un euro por cada broma sobre injertos capilares que me han hecho al contar que me iba de viaje a Turquía, no sólo me habrían salido gratis aviones, hoteles, restaurantes e imanes para neveras, sino también haberme hecho la operación de verdad. De todas formas no me llegaría para igualar un contrato de los Gorras Blancas de Vancouver, pero me hubiese cambiado la vida igualmente. Si me pagasen un euro por cada jugador que afirma que no, que no se va por dinero, que se va porque ha sentido la llamada esa de la que habla la canción de Leiva, entonces podría comprar un club para mí e imponer como política de la casa el fichaje de futbolistas que afirmen jugar exclusivamente por dinero. Igual habría que tirar de cadetes para rellenar la primera plantilla. El caso es que no me pagan un euro por casi nada. Andújar no se lo cree y está empeñado en que Erice me pagó para escribirle el texto de su carta de despedida. Escritor de cartas de despedida de futbolistas que no se van por dinero. Como vuelta de tuerca a la historia de Cyrano de Bergerac admito que no está nada mal.

Hace unos veranos estuve en A Coruña y pude acercarme hasta Riazor. Rodearlo, contemplar sus imponentes dimensiones desde la acera, salir despavorido de la tienda tras mirar los precios en las etiquetas, pararme frente a la puerta de los Riazor Blues, imaginar el rugido de aquel lugar en las noches de gloria que de niño contemplaba por televisión junto a mi abuelo, que no por celtarra se alegraba menos de los éxitos de un equipo de su tierra. Logré convencerla para sacrificar media mañana y recorrer el paseo marítimo hasta el último metro y verlo por fin de cerca. Aquel verano el Deportivo acababa de salvar la categoría en su condición de recién ascendido, igual que el Albacete en el peldaño inferior. Fue una mañana bonita, de cielo gris y viento suave y abrazos en la playa con el estadio a lo lejos como único acompañante. Los años pasaron y el Albacete volvió a Coruña. Agradecí no poder estar allí. El recuerdo de Riazor es una espina de más largo recorrido que el de dos balones entre la línea de gol y las redes de la portería. Agradecí que el peor partido de la temporada sucediese esa tarde, en ese lugar, para al menos tener dos dolores que mezclar al pensar en Riazor y que entre ellos se maten los sabores.

 

Tomar un poco de distancia con las cosas y con uno mismo siempre viene bien, aunque puede acabar desconcertando si no se hace con frecuencia. Acaba desconcertando sobre todo cuando las noticias llegan a ráfagas y casi cada noche te descubren una nueva baja en la plantilla. Unos se van porque les cambia la vida, otros porque no nos pertenecen, otros porque aunque nos pertenecen parecen necesitar otro aire y Chus Herrero se va porque se va, porque hizo su trabajo cuando tuvo que hacerlo y ya no tenía ningún trabajo asignado que hacer. A los aficionados siempre nos cuesta más superar estas cosas, porque a fin de cuentas quien más siente en la relación, o la única parte que siente, es quien más duelo guarda tras la ruptura. Siempre nos cuesta un poco más superarlo, pero nunca pasa de unos días. Después de todo, no éramos del Erice Whitecaps ni del Nacional de Mathías. Nunca fuimos del Real Zalazar, Stade de Viaud o Club Deportivo Stuani y nunca seremos del Álvaro Peña United ni de la Gimnástica Borjaherreriana. Somos del Albacete Balompié. Y nosotros somos el Albacete Balompié.

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