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Aúpa Alba

Capítulo 21: ‘Los aviones del sueño’

Iniesta le ha dado muchas cosas al Albacete Balompié, pero ninguna más importante que Antonio López Alfaro. Lo conocí en la vieja sede de la Avenida de la Estación, cuando fui con mi padre a comprar mis primeras entradas para un partido de fútbol en directo. Aquel día confirmé que César Ferrando y el tipo cuya foto aparecía en la ficha del director deportivo en las páginas del Alba del Extra de la Liga de Don Balón no eran la misma persona, y más tarde, después de mucho investigar por mi cuenta, descubrí que Antonio era quien era y había hecho lo que había hecho. Albacete era entonces una ciudad diferente a la actual, con una geografía urbana que se agarraba todavía al fantasma de las décadas anteriores y cerraba los ojos al nuevo milenio como un Peter Pan remolón que se oculta bajo el edredón del sol que invade la habitación y obliga a abandonar la cama, ir a la escuela, hacerse mayor a la fuerza. En el parque lineal bebían palomas desgastadas de bronce de las fuentes y la más grande de ellas, monopolizada por las ranas, se ocultaba entre los árboles, apartada en mitad del paseo en lugar de alzarse orgullosa en la glorieta. Al final de la Avenida, pasada la vieja sede, agonizaba la fachada demodé de la antigua estación, con sus cristales casi traslúcidos de colores apagados y sus muros de ladrillo visto. Al final de la otra Avenida, pasados los descampados, reinaba el Carlos Belmonte. En las tardes soleadas de partido la luz abrazaba sus torretas hasta hacerlas parecer obeliscos de plata y hacía que el césped fuese tan verde como lo pintábamos con las ceras Plastidecor en cuadernos comprados por lotes en el Carrefour. Vivíamos y coloreábamos en una ciudad diferente, idealizada, una ciudad que creía haber perdido hasta que vi el césped de ese color verde imposible bajo el sol de la tarde, y a Antonio López Alfaro con las sienes plateadas pisándolo de nuevo para entregar a Eugeni su galardón, y las gradas llenas con los de siempre y los de casi nunca, y un calor artificial generado por demasiadas capas de ropa que, por un instante, fue el mismo calor suave de las primeras semanas de junio, cuando el colegio ya no sabía a colegio y las vacaciones prometían ser eternas.

El Albacete Balompié le debe muchas cosas a Iniesta y familia, y a Iniesta provincia de Cuenca, y a muchos nos debe una alegría anhelada pero nunca exigida. Es un pacto bien conocido por ambas partes y mantenido en secreto, como dos cómplices de un crimen que cruzan miradas furtivas al coincidir en un café pero jamás se saludan. La exigencia siempre se circunscribe a la supervivencia y la dignidad mientras que el sueño extiende su jurisdicción sobre todo aquello que vuela más alto. El liderato y el ascenso trascienden los límites de la exigencia y planean sobre nuestras cabezas como materializaciones todavía vagas y volubles del sueño colectivo albacetista. Vuelan entre el humo de cigarros y porros en Gol Norte y se cuelan entre los haces de luz artificial de las torretas encendidas a pleno día por normativa de La Liga. La exigencia arrastra sus pies por la hierba de España deshojando cada semana los 50 pétalos de su margarita, arrancándolos tres a tres, uno a uno, cero a cero, sumando y restando al mismo tiempo y persiguiendo el verano como una Arcadia donde renovar ilusiones renovando plantillas y descansar del sufrimiento pasado antes de pensar en el sufrimiento futuro. El sueño no. El sueño bate alas como esas cartulinas rojas transformadas en aviones de papel, lanzados al cielo tras el pitido final mientras la muchedumbre desfilaba hacia el vomitorio. Volaron livianos y aterrizaron boca abajo y sin dolor sobre el césped. No fue un sueño la primera vuelta. Cerramos los ojos y volamos montados en cartulinas sobre esta ciudad que hemos heredado y dejando atrás la que creíamos conocer, dejando atrás los goles de Antonio, las palomas de bronce, los cristales de colores tristes, los veranos que eran lavabo de decepciones. Abrimos los ojos y bajo ellos el Atlántico besaba la playa de Riazor.

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