Capítulo 18: El patriarca apacible

Como resulta lógico si aceptamos eso de que el tiempo es lineal, cada día que pasa estamos un poquito más cerca del momento en el que según vaticinó la voz en off de Ewan McGregor en Trainspotting ya no habrá tíos ni tías en este mundo, sino solamente gilipollas, cosa que me jode pero no por mí, que en ese sentido soy un perfecto adelantado a mi tiempo, me jode porque significa que llegado ese momento no podrán existir más tipos como Viaud y no habrá cabida para lo entrañable, para lo calurosamente familiar. Me reconforta Laurent y la actitud de patriarca apacible que exhibe desde la distancia hacia sus dos ex-equipos españoles, Extremadura y Albacete, como si cada fin de semana bajase a sus mellizos al parque con las bicis y fuese empujando a cada uno por detrás con una mano. Después de la feliz victoria en Los Pajaritos, el patriarca Laurent escribía desde la paz de su retiro en Pays de la Loire “ya no es una sorpresa sino una confirmación de que aquí hay equipo”, y puedo imaginar una media sonrisa de orgullo surcando una mejilla de su rostro casi cincuentón, la media sonrisa del padre que desde el templete ve orgulloso a uno de sus críos alejarse con la bici por el paseo del parque, perdiéndose camino al colegio San Fernando, esperando que el otro chiquillo eche pronto a pedalear también y la media sonrisa se complete en la otra mitad de su cara.

El patriarca apacible está contento por nosotros, los locos bajitos del sureste que hace quince años volvieron a saber lo que era ser grandes gracias a un puñado de tipos como él, pero más contentos están los locos bajitos del sureste porque las plantillas plagadas de tipos como él son cometas en el cielo sobre el Carlos Belmonte, tan extraños y tan hermosos, tan improbables y tan milagrosos que dejan fuera del abanico de decisiones todo lo que no sea pedir un deseo, como acertadamente ha previsto el equipo de marketing del club, pedir un deseo, el que sea, que el destino fatal de nuestra especie no impida que sigan naciendo tipos como Viaud, que los dieciséis puntos que le faltan al Albacete lleguen pronto y esta temporada sí sea el tiempo de vivir al fin felices sin otro propósito que comprobar hasta dónde puede romperse el lema “Non Plus Ultra”, hasta dónde se extienden los límites del mundo conocido.

 

El patriarca apacible, que es sabio por viejo pero sobre todo por mediocentro, la posición más sabia y resabiada de todas, es consciente de que las sorpresas duran lo que duran, que el Albacete de Luis Miguel Ramis dejó de ser nada de eso hace semanas y que el único camino que le queda ya para continuar sorprendiendo es que protagonice un descalabro tan estrepitoso como fulgurante ha sido, es, su escalada. Este equipo ha superado su propia barrera de lo ordinario, y no importa que sea el mejor visitante de su categoría, no importa que sus números y su juego se asomen al agua del Duero y adivinen el reflejo tembloroso de aquella primera obra de Floro, de aquella primera obra de César; importa lo que transmite, y no hablo de esa sensación de peligro cada vez que una mancha blanca se acerca al área rival, ni de esa sonrisa perenne que palpita bajo el rictus de concentración de los futbolistas. Hablo de algo que no sé exactamente lo que es, pero que cubre el enigma bajo un disfraz interrogante: ¿Y si…? No lo sé, como tampoco sé si Viaud, desde la paz de su retiro en Pays de la Loire, se desvela en secreto viendo partidos repetidos de este Albacete y adivina en la pantalla el reflejo tembloroso del hombre que un día fue cada vez que Erice se hace presente sin hacerse notar, y cuando acaba un partido se pone otro, y otro, y otro, y piensa en aquel éxito de Miguel Ríos, a menudo me recuerdas a alguien, y quizá por eso al salir cada mañana a hacer deporte luce esas ojerazas en su rostro casi cincuentón de patriarca apacible que un día fue mediocentro.

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