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Aúpa Alba

Capítulo 16: Nuestra pasión

Algún día, dentro de muchos años, Esteban Burgos será entrenador. Uno viejo, huraño, bigotudo quizá, harto de la vida y de su mierda inherente, de sí mismo. Será entrenador porque está condenado a serlo, porque le cayó en suerte una combinación de nombre y apellido que pide a gritos pertenecer a un técnico de fútbol. Llevará a sus espaldas una veintena de temporadas saltando de un club a otro entre la Segunda B y la A, masticando fracasos y proyectos estériles y algún que otro éxito para ayudarse a tragar y digerir. Algún día, después del enésimo empate a cero, responderá en sala de prensa a las preguntas de siempre con las respuestas de siempre, y cansado cogerá el coche para irse a su casa en un barrio residencial a las afueras de una pequeña capital. Y ahí estaré esperándolo, apostado junto a su buzón de chapa, y cuando venga hacia mí le tomaré las mejillas con las manos heladas y le diré: vaya penalti clavaste aquella tarde de noviembre en el Belmonte, Esteban Burgos, y de eso ya no se acuerda nadie pero yo me sigo acordando, porque vaya penalti clavaste, Esteban Burgos, porque no existe belleza mayor que la de esas cosas bellas que al final no sirven para nada.

Algún día, dentro de muchísimos años, seguiremos dándoles el coñazo con la chilena de Eugeni a los pocos que para entonces aún nos aguanten, porque esta sí que fue más bonita que ninguna y puso a la peña de pie. Y no nos arrepentiremos de haber perdido tantas amistades, tantos amores prometedores, tantos buenos empleos por no poder dejar de hablar de la chilena de Eugeni desde que acabó aquel Albacete-Alcorcón, por no habernos callado un solo segundo desde que Pulido Santana hinchó los pulmones cinco minutos antes de las 8 en punto y dijo que ya estaba bien, que podíamos morirnos allí mismo sobre el cemento del suelo y abandonar este mundo como diez mil y pico mantis religiosas en pleno orgasmo, en una petite mort masiva. Algún día estaremos solos y moriremos solos y pobres y sin confesión ni dignidad y todavía estaremos felices porque todavía estará reproduciéndose en bucle sobre nuestras retinas la puta chilena de Eugeni, y nos seguirá dando todo igual, como aquella noche que nos acostamos con treinta puntos en dieciséis jornadas y a sólo uno del ascenso directo, y sólo lamentaremos una cosa, que no será la soledad, ni la pobreza, ni la condena eterna. Lamentaremos que en 2018 no existiese ya el Gente de Albacete y haber desgastado con nuestros dedos el póster de la chilena de Eugeni hasta borrar la tinta y devolver a la doble página el blanco de su nacimiento.

Algún día, en unas horas, mañana, el milenio que viene, no habremos cambiado nada por mucho que hayamos intentado cambiar de sitio todos los muebles de nuestra vida y hayamos pintado y repintado sus paredes. Habremos cambiado de cara, de casa, de familia, de pareja, de religión, de Dios, pero no habremos cambiado nada porque habrá una cosa que no hayamos sido capaces de cambiar, porque no podremos cambiarla jamás. Nuestra pasión. Nuestro dolor más sincero, nuestras lágrimas más pesadas, los únicos gritos que no nos nacen del fondo de la garganta sino de otro lugar desconocido. Nuestra pasión es un misterio que jamás queremos desvelar del todo, son las historias que nos contamos a nosotros mismos cada noche para no olvidar que quizá después de todo sí existan razones por las que merece la pena aguantar en este lugar injusto, traicionero, ingrato y podrido. La verdad última de nuestra pasión vive en esos instantes mágicos que, cada cierto tiempo, se nos presentan para recordarnos por qué nuestra pasión es la que es. Por qué la escogimos, por qué nos atrapó. Por qué hace siglos, al acabar aquel primer partido, le preguntamos al abuelo cuándo jugaba el Albacete otra vez. Por qué en unas horas, mañana y el milenio que viene seguiremos haciéndonos la misma pregunta, con las mismas letras, las mismas sílabas, las mismas palabras, con la misma pasión.

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