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Aúpa Alba

Vivir para contarla

La vida consiste en ir mejorando todo lo que se pueda. De eso sabe bastante José Manuel Aira, que ha pasado de ser destituido tras encajar cinco goles a ser destituido tras encajar sólo cuatro. Ir mejorando sin que se note demasiado, no como el Albacete Balompié, que incluso en la mejoría parece secuestrado por las lindes del país del exceso, atado a ese matrimonio forzoso que contrajera hace siglos con la hipérbole constante. Su consigna es regalarnos la felicidad con la misma ferocidad con que nos la negaba en otro tiempo pasado pero no lejano. Componer una marcha fúnebre y una sinfonía triunfal emborronando las mismas notas sobre las costuras que recorren la camiseta blanca a modo de pentagrama. El Albacete Balompié vive entre el eterno homenaje y la eterna negación de sí mismo, revueltos, incapaces de distinguirse el uno de la otra: el desplazamiento masivo e ilusionado sobre el eco profundo de aquel año que parecía que no íbamos en serio pero resultó que sí, la victoria inolvidable, y los fantasmas de expulsiones estúpidas del delantero de turno antes del descanso. En Elche, en las cenizas del viejo Altabix y en la carne del nuevo Martínez Valero, está todo lo que fuimos, lo que somos y lo que algún día seremos, si es que nos queda algo nuevo que ser. El ascenso que no fue en el 59 y el que empezó a ser en 2003. Amunike, Perera, Belencoso, Curto, Acuña. La mano de Dios y la jugada de todos los tiempos que esta vez no acabó en gol.

El Martínez Valero y Matapiñonera, Austerlitz y Waterloo, todo en un día. En Matapiñonera tuvimos que jugar el primer encuentro de Copa de la Reina de nuestra historia y en Matapiñonera tuvimos que perderlo. Por qué nunca nos deja en paz el maldito Matapiñonera. Por qué simplemente no podemos pasar página, borrarlo todo, olvidar los viajes estériles, olvidar las cuentas semanales en la calculadora del miedo, olvidar Matapiñonera. Por qué el olvido no puede ser algo más sencillo, a la carta, una lista de favoritos de Netflix. A ver si es que hay que comprar el combo completo. El recuerdo de César, el de José Manuel, el de Enrique, el de Luis Miguel. La vuelta silenciosa e indigesta desde San Sebastián de los Reyes fundida con el cuarteto de bocinas de cámara y los coros góspel de autobús dejando atrás los palmerales. Por qué simplemente no podemos olvidarlo todo. A ver si va a ser porque simplemente no podemos y si pudiéramos tampoco querríamos. En las tierras de penumbra el dolor de ahora es parte de la felicidad de entonces, y en este lugar de La Mancha por mediodías negros como el de Matapiñonera existen noches de sol como la del Martínez Valero. A ver si va a ser ése el trato.

 

Al final, en el fondo del asunto, da todo un poco igual. El niño que sonreía al ver a Perera y era demasiado niño para entender de verdad lo que significaban Primera, Segunda o Segunda B ha crecido, el púber que sólo podía ver a Willy Caballero bajo la portería del Elche ha crecido, el mozo que extasiado apretó la mano rocosa de David Vidal a la salida del Cartagonova ha crecido. Crecer jamás implica mejorar, sólo implica entender de una vez que la vida consiste en ir mejorando todo lo que se pueda. De eso sabe bastante José Manuel Aira, que pasó de ser destituido en la penúltima jornada cuando iba segundo a ser campeón y subir a Segunda un año después. De eso sabe bastante el Albacete Balompié, aunque no pueda mejorar sin desligarse del exceso, del infarto, de ese extremismo al que nos condena nuestro clima continental de inviernos siberianos y veranos saharianos. Al final, en el fondo del asunto, da todo un poco igual. Los veintisiete puntos, el quinto puesto, los goles maradonianos que son y los que no llegan a ser. Sólo importa el recuerdo, el compartido y el retenido. Las locuras que hicimos a cambio de nada y de todo. De la vida sólo importa lo que le importaba a García Márquez: vivir para contarla.

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