Capítulo 13: ‘El palo’

Foto: José Antonio Carrasco

¿Recuerdan el anuncio aquel del niño que está abriendo un regalo, el regalo resulta ser un palo, un palo de mierda, y el crío se pone a gritar eufórico “¡UN PALO, ES UN PALO!” como si el palo si fuese la última PlayStation envuelta en la camiseta oficial de su equipo firmada por todos sus ídolos? Un palo. El anuncio era una obra maestra, pero un palo es lo peor que te puede ocurrir en la vida. Darlo, no recibirlo. Por culpa de un palo, un maldito palo, un empate que sabía a gloria y para cuyo mantenimiento habíamos rezado a todos los inquilinos del santoral, un empate que casi creíamos haber olvidado merecer se convierte en poco menos que una mierda. ¿Por qué? Por un palo. Un palo en el tiempo de descuento. Y antes, otro palo. Un palo es lo peor que te puede ocurrir en la vida, pero tienen que estar ahí, deben existir para recordarnos que existe una zona minúscula en la que el fracaso y el éxito se rozan y el fracaso casi siempre termina por imponerse, un memento mori rígido y blanco. Una zona cabrona y traicionera. Tan real, tan de este mundo. Un palo, un maldito palo. Un empate, un punto que le sabe a menos al Tenerife que al Albacete.

Aún no termino de acostumbrarme al hecho de que, en estos tiempos que corren, las urgencias normalmente aprieten por el lado del rival y no por el nuestro. Temo perder la perspectiva. No quiero que la comodidad de nuestra posición me ciegue, aunque mientras no ciegue a los encargados de todo esto no hay de qué preocuparse. No estoy hecho a las alturas y el vértigo se vence poco a poco. Ramis es un hombre tranquilo y procura que de su boca salgan siempre mensajes sensatos. No es la clase de hombre que necesita un esclavo susurrándole al oído “Luismi, memento mori” durante los triunfos, aunque quizá necesite que un asistente le plantee la posibilidad de extraer algo más de jugo a la enorme mina de talento que tiene entre manos. Me gusta mi equipo pero a menudo no me gustan los partidos que hace. Solía ser al revés, pero parece que estamos viviendo una época de subversión de todo lo que solía ser el Albacete Balompié. Me gusta mi equipo y espero con impaciencia el momento de sentarme a verlo jugar cada semana, aunque a menudo no me acaben gustando los partidos que hace. Supongo que eso es lo que significa la palabra “confianza”.

 

Aunque esta quizá siga siendo la casa del pobre en la que las alegrías duran tirando a poco, sólo el paso soberano de los meses decidirá, ya no es la casa de tócame Roque. Y eso es lo más importante. Es la certeza más reconfortante que puede tener un aficionado a un equipo de fútbol que ha pasado por toda clase de manos de las que muy pocos dedos eran transparentes y responsables. ¿Hasta cuándo? El paso soberano de los meses y los años dará la respuesta a todas las preguntas: ¿eran los de Skyline gente fiable de verdad? ¿Era Ramis el entrenador que necesitábamos desde hace tanto tiempo? ¿Era mejor o peor mantener a Eugeni pegado a la banda y a Febas tan atrás, lejos del baile y viviendo peligrosamente? ¿Era para lamentarse tanto el palo de Rey Manaj? ¿Nos quejábamos de demasiadas cosas con el equipo en quinta posición y veintiún puntos cumplido el primer tercio de la Liga? ¿Éramos felices entonces y no lo sabíamos? ¿Por qué se parece tanto José Luis Oltra a Javier Gutiérrez? Me siento como un niño al que apenas le regalaron nunca nada en su vida y, al abrir un paquete y encontrarse un palo, un mísero palo de mierda, se vuelve loco y lo celebra como si su equipo estuviese en play-off de ascenso. ¡¡UN PALO, UN PALO, ES UN PALO!! Pues claro que sí, joder. Un palo no es lo peor que te puede pasar en la vida.

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