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Aúpa Alba

Capítulo 12: ‘Historia conocida’

Volvimos al viernes, volvimos a la rumbita de las primeras partes y al desfile de bocas abiertas y una pancarta de solidaridad con el eterno rival agonizante apareció fugaz en lo alto de la grada y un recuerdo de pelo largo y gris planeó a ras de césped, como otra de tantas gaviotas del destierro. Este debe ser el lugar, compañero, con el que soñábamos en silencio de vuelta en el cercanías, dejando atrás para siempre San Sebastián de los Reyes, Matapiñonera y la derrota con nuestra mochila de mala sangre un poco más rebosante, rugiendo al compás de nuestras tripas, con el que fantaseábamos melancólicos los veranos de incertidumbre y plantillas mínimas y todas las casillas del calendario por rellenar. En silencio soñábamos entonces y en silencio ahora la vista fija sobre el ombligo blanco del círculo central, pensando, rumiando, pensando, cómo nos la vas a liar, Enrique, ahora que buscas descorchar la sonrisa de otra afición harta de preparar cada primavera el luto de los descensos sin llegar a vestirlo. Pobre Nàstic, te he visto tantas veces delante del espejo que casi me dueles tanto como me ha dolido el Albacete en este camino interminable de su mano, como me duele escuchar ese poema de Goytisolo temblando en la garganta de Serrat: es una historia conocida, todos la recordamos, viento del pueblo se perdió en el pueblo pero no ha terminado.

Este debe ser el lugar, compañero, en el que nada importa más que el balón bailando de una camiseta blanca a otra y los árbitros siguen siendo muy malos y nos da igual y todos los fallos que nos desesperan son perdonados en la siguiente jugada, donde Alfredo por fin es el Ortuño que nos contaron y es el rival quien se encierra y agazapa y se mete los goles en su portería. Nos pintaron la utopía como algo casi irrealizable por definición, pero casi, y en ese casi vivimos 90 minutos la noche del viernes. Hay utopía mientras exista una rendijita por la que pueda colarse. Ese debe ser el lugar que soñábamos, ese casi, esa rendijita que permite la utopía es el lugar donde quedarse, donde quedarnos. De momento nos divertimos con cierta frecuencia, de momento nos va muy bien, compañero, aunque sigamos sufriendo en el fondo, aunque ni nosotros ni nuestros pies clavados a la tierra por tantos desengaños tengamos ya remedio. Son estigmas que jamás podremos cauterizar, agujeros negros que seguirán a punto sangrar, siquiera un poquito, cada vez que sintamos el peligro rondando nuestra área. Quiero olvidar y a ratos olvido, a base de goles que son y goles que pueden ser.

 

Quiero olvidar el dolor que me produce ese poema de Goytisolo y paso en el reproductor a la siguiente canción de Serrat. Salta el teclado de “Hermano que te vas a California”. La compuso Joan Manuel para Constantino Romero, que cada vez que podía se embarcaba en el vuelo 121 de Panam para encontrarse con la mujer que amaba, con la que acabaría casándose, con la que vivió hasta su muerte, la muerte que nos arrebató esa voz que siempre soñé escuchar retumbando por la megafonía del Belmonte recitando la alineación del Alba. Vaya manera de acojonar a los rivales hubiera sido, compañero, lo pienso cada vez que me siento en la butaca y espero que hable el speaker que nunca es él. El 121 de Panam y el 747 de Enrique cruzándose en los cielos, uno a California, otro a Tarragona. Quiero olvidar cuánto me duele ese poema de Goytisolo: ¡Qué bonito sería! Nace, escribe, muere desamparado. Qué bonito sería no marcharse nunca de este lugar, compañero, dejar para otros las historias conocidas, lo irrealizable de las utopías y los goles que pueden ser y no son. Qué bonito sería no ganar siempre y a cambio poder ver cada partido a tu lado, compañero.

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