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Aúpa Alba

Capítulo 11: Infiernos terrenales

Foto: La Liga

No era ninguna mentira: el Francisco de la Hera me impone más que la monstruosidad y la fanfarria del Camp Nou. Me asusta porque tiene la mirada fría y abrupta, llena de verdad. Lo otro es un teatro de un universo alternativo, una atracción de realidad virtual. No nos quita el sueño un villano de película, nos tortura el terror a la traición de quien nos quiere, de nuestros iguales. A la soledad. Un parque a la caída del sol, una placeta de barrio puede ser más terrorífica que la casa encantada al final de la calle. Paraísos artificiales, infiernos terrenales. Almendralejo, lo imposible. Octubre claudica en plena agonía y deja que anochezca temprano, que el frío invada hasta el último resquicio de la intimidad y que enfrente, en mi televisor, el Albacete sufra lejos de casa y yo, solidario, con él. No hemos cambiado nada. Un par de mantas y muchas cargas sobre los hombros y un gol en contra a balón parado. Y ganar, ganar sin esperarlo, ganar mereciéndolo y sin merecerlo, ganar sin más, como se gana en este planeta, sin permitir que la alegría ceda un milímetro al debate ético.

Era casi mentira: no hemos cambiado casi nada. La vida nos la ha tambaleado un toque sutil, ese que a menudo le sigue sobrando todavía a Febas y ese que no le sobró a Susaeta para servir en bandeja, a la altura, velocidad y colocación exactas, el gol de la victoria a Alfredo. Madurar es despojarse de ese último toque que sobra, es la crisálida en la que el efectismo se transforma en efectividad. Susaeta es un jugador maduro, delicado y genial si se aplica en pequeñas dosis. Para Febas el tiempo corre a favor y el césped se abre ante él como una carretera desierta del medio oeste americano sin límite de velocidad: es demasiado joven y demasiado talentoso para exigirle la madurez, la calma y el toque de menos que los años han concedido al aitite de Eibar. Si algo nos han enseñado tantas horas perdidas delante del fútbol es que todo llega, como los goles de Ortuño y el debut de Gentiletti.

 

Después de once jornadas, el Albacete tiene en sus manos un lujo que históricamente se le resiste, el más precioso de todos los que puede tener un club en Segunda: el lujo de poder tomarse las cosas con cierta calma. Quiero pensar que Luis Miguel Ramis puede ser ese alquimista que logre, al fin, convertir al Albacete en un equipo como los demás que envidiamos y encontrar la fórmula de la piedra filosofal de los 50 puntos antes de la jornada cuarenta y dos. Quiero pensar, como llevo ya pensando a escondidas dos meses, que esta vez va a ser que sí. Al menos hay tiempo para todo. Para caer y para seguir subiendo. He aprendido a contener cada conato de ilusión, pero no es algo de lo que me sienta orgulloso. El Albacete tiene tiempo y tiene talento, y temo que no sepa lo que hacer con ellos después de que ambas cosas hayan estado tantos años en otras manos que nunca eran las nuestras. El escepticismo adquirido no me impide confiar, y yo confío en ellos. En Ramis, en los que han demostrado y en los que todavía no, en Arroyo y en Tomeu, en los que ya son más de dos años seguidos confiando y parece que aún serán más.

Fue un domingo de los de antes, de los de siempre. Un domingo de Segunda, como los que habíamos soñado, de ganar a muchos kilómetros de distancia después de casi no ganar, después de sufrir como sólo se sufre cuando llega el frío. Un domingo de no salir de casa y acallar con el ruido de la televisión el repiqueteo de la lluvia contra las ventanas, de recordar aquellos fines de semana en los que te citabas puntualmente con el Albacete en el sofá, con un par de mantas y todavía sin cargas sobre los hombros, a verlo sufrir en infiernos terrenales y nunca en los paraísos artificiales de los partidos que llenaban los bares, a verlo morder el polvo, a verlo rascar un punto milagroso, a verlo ganar, porque entonces también ganábamos, tan poco que cuando sucedía lo único que se abría camino entre la felicidad era el deseo de que llegase el siguiente partido.

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