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Aúpa Alba

Humano, demasiado humano

Resulta que Jérémie sólo necesitaba pasar por la peluquería para volver a ser el que era, como un Sansón vuelto del revés. La navaja de Ockham no era de Albacete, pero nos sirve igual para decidir que, en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla para esta cuestión suele ser la más probable. Ya que la alopecia ha pasado de largo por su puerta, mantengamos siempre una navaja de afeitar a pocos centímetros de la cabeza de Jérémie Bela. El equipo lo agradecerá.

Supongo que hay muchas formas de reaccionar ante la expulsión de un jugador a los ocho minutos de partido y que la mayoría de ellas acaban por agarrarse a tan útil comodín para subrayar lo inevitable de la derrota. No se es menos humano por enterrar la cabeza en el césped y dejar que la tragedia suceda sola en la superficie, ni se es más humano por apretar las dentaduras, dar un paso adelante y afrontar el contratiempo sin dejar que el dramatismo se cuele entre las rendijas abiertas por la inferioridad numérica. Humanos, después de todo, lo somos los cobardes y lo son los bravos, humanos, demasiado humanos. Pero gracias a Dios que el Albacete Balompié decidió conducir su maltrecha humanidad por el segundo camino.

 

A mí los mediocentros dádmelos con un par de neuronas antes que con un par de grajeas de testosterona. Dádmelos con el catorce y de lo demás ya hablaremos. Me cuesta ser objetivo con Diego Hernández Barriuso y lo mejor es que me da igual. Hay que dejar que los chavales se equivoquen, y Barri se equivoca. Hay que dejar que los chavales aprendan, y Barri aprende. En el espejo de sus ojos infantiles brilla mi ilusión, la de quien ha soñado demasiadas veces con estar en su lugar. La camiseta que le ha sido confiada es un privilegio y él la viste como tal. La juventud es una enfermedad pasajera de la que no se sale más sabio pero sí más cínico. Veo a Barri y veo un corazón y un par de neuronas muy verdes todavía, dos esmeraldas en bruto. Es difícil encontrar un mediocentro con testosterona, pero más lo es encontrar uno con futuro. No sé si Barri tiene futuro, pero tiene el catorce y tiene patata latiendo bajo el pecho. No sé si basta con eso, pero el chico se hace querer. Soy demasiado sentimental para entender nada de fútbol, eso sí lo sé.

Ni puntos que saben a victoria ni puntos que saben a fracaso. Por qué no hay puntos que sepan simplemente a eso, a normalidad y rutina, a empate sufrido, sudado y alegre y hasta la próxima que nosotros ya nos vamos. El empate es el lenguaje de la vida, una afirmación de voluntad por nuestra parte y de superioridad por la suya. Un pacto disconforme pero que alimenta a cucharadas. Entre guerras y revoluciones, la Historia ha dejado pasar muchos días de empates, de tirar y aflojar entre la salida y la puesta del sol, de sudor y agotamiento hasta el final de la jornada con una cucharada de punto sobre la mesa para tomar fuerzas hasta la próxima. No pasa nada. Seguimos vivos.

Puta Segunda, bendita Segunda. En el lamentable nivel de tus árbitros, en la desolación de tus partidos en lunes, en tu pleitesía a las televisiones bulle tanta porquería como hermosura amarga y dulce florece de tu rayo igualador sobre ricos y pobres, de tu injusticia eternamente poética, de tu épica asfixiante, de tu navaja que cercena ilusiones del árbol de una grada para entregar el fruto a la hinchada rival, de tu navaja que, tras afeitar la cabeza de Jérémie Bela, ha hecho que vuelva a parecer un futbolista profesional. Puta Segunda. Bendita Segunda. Desde que tengo uso de razón he vivido en Segunda. Una visita por la élite y dos destierros al infierno por medio para darnos tiempo, para darme cuenta de cuánto te quería, pero siempre Segunda. Es mentira que no pueda vivir sin ti, sin odiarte cada semana, sin desear perderte de vista una temporada o dos o cien y dejarte por algo mejor, claro que puedo vivir sin ti, bendita hija de puta, pero a veces no sé si sabría.

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