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Aúpa Alba

El día que Buddy Holly murió

A menudo tengo la sensación de que nos pasamos la vida rehaciendo cosas que ya estaban bien como estaban y que dejamos ahí, como si nada, muchas otras que sí merecen que las revisemos, las olvidemos o las destruyamos. Me sucede cada vez que pasan “El Padrino” en televisión y los Corleone y compañía hablan con ese doblaje nuevo, raro, feo, innecesario, y yo me acuerdo de “El resplandor” y de ese doblaje original y criminal que ahí sigue, como si nada. Eternamente impune. Me sucede a menudo pero casi nunca cuando me siento a ver el fútbol. Entonces no. Entonces la única sensación que tengo es que, como hagamos falta en la frontal, nos la meten.

En La Rosaleda, igual que en el Tartiere, hicimos unas cuantas faltas en la frontal y no nos metieron ninguna, pero nos remontaron un gol en sólo tres minutos y nos quedamos sin puntos aunque con un fuerte aplauso, el juego del programa y carita de parguelas, que es otra cosa que sucede bastante a menudo cuando me siento a ver el fútbol, como perder al menos un jugador por lesión cada semana, como perder a secas. Lo que hace parecer una costumbre cada cosa que sucede durante dos jornadas consecutivas no es el espíritu inmediato y volátil de este deporte, sino el peligroso binomio que formamos nosotros y nuestro miedo. Somos peligrosos porque vivimos caminando por una cuerda suspendida sobre el exceso. Somos peligrosos y no siempre de cara a la portería del equipo rival.

 

Nos dicen que no endiosemos a los futbolistas porque no son superhéroes, pero todos los futbolistas tienen su kryptonita, aunque hay ciertos casos en los que la kryptonita es el propio futbolista, como algún que otro internacional por Honduras. Todos los jugadores tienen algo que los empequeñece, los debilita, los hace parecer tan humanos y desvirtuados como quienes los observamos desde la grada y el sofá. Quiero pensar que la kryptonita de Alfredo Ortuño no es la camiseta del Albacete Balompié, y si lo fuera yo iba a quererlo igual, porque nos dicen que no endiosemos a los futbolistas y está bien, pero se les olvida añadir que quizá sea mejor quererlos, sin más. Como se quiere a un alumno. Un amor sincero dentro de lo pasajero, de lo desesperanzado a veces.

Lo malo de hacerse un poco más mayor día a día, jornada a jornada, es que el pasado empieza a ir apareciéndose en forma de espejismos con cada vez más frecuencia y con cada vez menos sentido. Padilla juega por la izquierda en la zaga del Albacete, con el 3 a la espalda y la melena al viento, y ya no es José Antonio, es Patricia, pero a ratos me cuesta darme cuenta. Luis Miguel Ramis se sentará en el banquillo del Carlos Belmonte durante un Albacete-Almería casi un año después de la última vez, y ojalá el marcador refleje al final otro 2-0 que le dificulte darse cuenta de la diferencia. No importa si el John Milner al que cantaba Loquillo era su amigo de la infancia o el personaje de “American Graffiti”; quizá a él también le cueste darse cuenta de la diferencia, aunque el día que Buddy Holly murió el Loco todavía no había nacido y el Albacete acababa de perder 3-1 en Cartagena. No me asusta vivir con la amenaza de una confusión creciente. La afición por el fútbol es una condena a la aceptación del devenir. Ya no me asusta nada. Sólo el próximo rival porque siento que, si hacemos una falta en la frontal, nos la meten. Sólo encender la televisión y que estén pasando “El Padrino” con ese doblaje nuevo de mierda.

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