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Aúpa Alba

Delitos y faltas

Estamos hartos de leer lo mucho que se parece el fútbol a la vida. Todas las emociones humanas comprimidas en 90minutos.rar, la fidelidad elevada a la máxima potencia, el bramido del Big Bang brotando de la garganta de cada aficionado. Cuánto se parece el fútbol a la vida. Sobre todo cuando te entran con los tacos por delante como arietes, te rajan la espinilla y el responsable sigue a lo suyo tan ricamente mientras tú te retuerces en el suelo. Sí, de normal se parecen bastante. Pero hay ocasiones, como esta, en las que el uno es el espejo y el vivo retrato de la otra.

Woody Allen nos enseñó en 1989, entre los fotogramas de “Delitos y faltas”, que la impunidad es algo demasiado real. Que a veces las personas, en el camino hacia conseguir lo que se proponen, pueden cometer actos terribles sin que llegue a pasarles nada. Que Dios, si existe, es tan amoral como su creación. En 2005 nos lo volvió a enseñar con “Match Point” y de paso nos enseñó Londres. En 2018 nos lo ha enseñado Juan Forlín, porque a este mundo no deja de llegar gente y a Woody ya no le dejan hacer películas y hay que ir refrescando el mensaje con un reparto nuevo. Que al fútbol se viene llorado de casa lo hemos aprendido nosotros solitos.

 

Hemos sido los últimos en caer, como Siagrio peleando en la Galia por un Imperio que ya se había hecho añicos, como los últimos bizantinos de Trebisonda; envueltos en un aura crepuscular de entre dignidad y patetismo. Hemos sido los últimos pero, cincuenta días de competición después, hemos caído. Sin entrar en la hipocresía felipista de dulcificar las derrotas propias en pos de amargar las victorias ajenas, volver a perder un partido de Liga tiene algo de anuncio de turrones El Almendro. De Dustin Hoffman solo junto a sus pensamientos en el aeropuerto mientras Simon & Garfunkel le cantan al sonido del silencio. Derrota, vieja amiga, he venido para hablarte de nuevo. Aquí estamos otra vez. Todo bien, todo normal, como siempre.

El Albacete salió al césped del Carlos Tartiere como se sale a cualquier cosa que se hace un domingo a las cuatro de la tarde. Hasta ahí, nada raro. Un alegato a la humanidad del deportista de élite. El problema es que el Real Oviedo no lo hizo. Optó por salir a comerse a Dios por las patas, actitud menos rara todavía cuando en un mes y medio de Liga aún no le has dado una mísera alegría a los desgraciados que pagan por verte y enfrente tienes a unos jovencitos que salen a tu césped como se sale a cualquier cosa que se hace un domingo a las cuatro de la tarde. Lo de comerse a Dios por las patas se lo escuché por primera vez a Robe Iniesta en “El día de la bestia”. Me gusta más que “entrar con intensidad al partido”, y además da opción a aplicaciones casi literales cuando hay tipos como Juan Forlín de por medio.

En cada partido que vemos dejamos una pequeña parte de nosotros. Regalamos tiempo, derrochamos fuerzas y saliva, hipotecamos esperanzas. Cada partido nos vacía y jamás lo hace tanto como nos llena. Hay demasiadas ocasiones en la que el fútbol es espejo y vivo retrato de la vida. La de verdad. En la que el sufrimiento y la pena no son pequeñas unidades aisladas, comprimidas en 90minutos.rar. En la que la fidelidad hacia los que nos quieren nunca dura tanto como la fidelidad hacia un equipo. Hay demasiadas ocasiones en las que no sabemos dónde acaba el partido de los de blanco y dónde empieza el nuestro. Eso no estamos hartos de leerlo, porque puede llegar a ser demasiado amargo. Más que la primera derrota del año.

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