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Aúpa Alba

Tenías razón aquel día

Caminábamos hombro con hombro hasta la esquina, estirando el tiempo hasta convertirlo en un hilo tembloroso y errático ante el ojo de la aguja, caminábamos con la cabeza gacha y las cremalleras hasta el nacimiento de la barba que aún no teníamos, las aceras desconchadas del barrio para nosotros solos y el Nissan Terrano verde abandonado en su sitio, aquella isla de Santa Elena entre el bordillo y la calzada a donde nadie llegó jamás a rescatarlo. Caminábamos dando con cada paso una penúltima calada al viernes, el mismo viernes de siempre, el mismo viernes de soledad alegre y compartida, de noche temprana, procesiones por dentro e inocencia mal llevada. Caminábamos hasta la esquina y me decías que no, que ni de coña ganábamos esta jornada, y yo te daba la razón, y hacíamos la porrita que nunca llegamos a poner por escrito y predecíamos el once que nunca llegamos a acertar. Nos vendíamos consolación por anticipado y con el intercambio de palmetazos en las espaldas nos pegábamos la venda con la que empapar la herida que nuestro equipo nos preparaba, pero los dos sabíamos que no, que de eso nada, que esta semana sí que íbamos a ganar; que el lunes, el mismo lunes de siempre, íbamos a malgastar todo el tiempo del mundo comentando el partido que el Albacete, el mismo Albacete de siempre, había perdido aunque supiésemos que iba a ganarlo, que había ganado aunque supiésemos que iba a perderlo. Caminábamos hombro con hombro hasta el horizonte del día sin la obligación de pensar en una buena frase para despedirse ni echar cuentas para la próxima vez que nos veríamos en la esquina; era un mundo reglado, sin lugar para la nostalgia, a nuestra medida sin saberlo; sometido al imperio de la ley de la rutina y su jurisdicción inmemorial sobre la esquina de siempre, el Nissan Terrano de siempre, los lunes de siempre, los viernes de siempre, el Albacete de siempre.

Marcamos dos goles y luego nos dejamos empatar. Tú escapaste del norte y estuviste allí para ver –una vez más– esa historia tragicómica con la que hace siglos solíamos bromear asustados cada semana, pero yo no. Estuviste un viernes allí, en lo que en otro tiempo fue nuestro Albacete, pero ya no fue el viernes de siempre. Marcamos dos goles y durante una hora y pico fuimos líderes de Segunda, porque lo bueno es bueno al cuadrado mientras sea breve. Como la juventud, como apurar el botellín helado en dos besos al vidrio la última noche del verano. Álvaro Vázquez batió a Caro y ahí se acabó el microrrelato que algún día le contarás a alguien, a tu chiquillo espero, y no a mí, porque eso significaría que habremos acabado este viaje tan solos como lo empezamos. Marcamos dos goles y nos dejamos empatar. Tenías razón aquel día: este equipo es la metáfora de nuestras vidas.

 

Qué gran primera parte hicimos, qué mierda de segunda parte estamos haciendo. Nos queda el consuelo de lo inmediato. Nos queda Rey Manaj, nos queda un puesto entre los grandes una semana más. Nos queda una vida por delante, aunque ya no sea juntos, ni sea la de siempre. Nuestro mundo imperfecto a medida, reglado, que nos aislaba del otro, el salvaje, el real, el despiadado, saltó en mil pedazos: ahora los partidos se juegan los viernes y los lunes, secuestrándole días alternos a la rutina, y al Nissan Terrano ya lo rescataron, dejando huérfano su hueco entre el bordillo y la calzada. El Albacete va sexto por arriba y no por abajo. Y la esquina de siempre sigue ahí, esperando que caminemos este viernes hasta ella, hombro con hombro, haciendo la porrita del Oviedo-Albacete que nunca llegaremos a poner por escrito.

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