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Aúpa Alba

Capítulo 5: Mallorquinas de pie quebrado (Chiquitita pero firme)

Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte contemplando cómo se pasa el partido, cómo se viene el empate tan callando. Cuán presto se va el placer, cómo, después de acordado, da dolor; cómo, a nuestro parecer, cualquier minuto pasado fue mejor. Pues si vemos lo presente cómo en un punto se es ido y acabado, si juzgamos sabiamente, daremos lo no perdido por ganado. No se engañe nadie, no, pensando que ha de durar lo que espera más que duró lo que vio, pues que todo ha de pasar por tal manera.

Es lo que tienen los clásicos, que trascienden fronteras de idioma y tiempo y jamás pasan de moda, se llamen Jorge Manrique o se llamen encajar el gol destinado a joderte el día en el noventa y tantos, justo un instante después de creer que por fin vas a salirte con la tuya. No lo marcó Romera, no lo marcó el Cádiz. Lo marcó el lunes, lo marcó la llave que aún no había cerrado la Puerta de Hierros, lo marcó el diablo que en Reus, cuando menos lo esperábamos, fue y se puso de nuestra parte. Lo marcamos nosotros, que a menudo somos demasiado rival para nosotros mismos, demasiado rival incluso para la estrella chiquitita pero firme que hace carburar el sistema nervioso de Tomeu Nadal.

 

La distopía del Fútbol-Los-Lunes, los cubatas de colonia Nenuco con Schweppes. Pedacitos de verdad adulterada, islotes de pureza en planicies de basura. Nos lo ponen difícil para pensar con la cabeza. Cómo llorar por segundas partes infames cuando el cuerpo se rebela y exige liberar quejas contra la coyuntura, cuando no marca el reloj la hora de abandonar el trabajo y sentir la suavidad de ese botón del mando a distancia sintonizando GOL, cuando el tacto frío y yermo del plástico de la butaca que te pertenece se traviste del tacto perturbador del asiento de un tren de cercanías, un metro, un autobús de otra ciudad extraña calentado por otros glúteos diferentes de los tuyos. Cuando el fútbol y el hogar siempre son un lunes lluvioso, sombras chinescas a través de los gotones que aterrizan sobre los cristales de las gafas, y cada nuevo lunes un parecía que sí, que esta semana íbamos a comernos el mundo, mientras en un piso sucio a varias paradas de cercanías, de metro, de autobús, espera el jamón york protegido del frío con un abrigo de papel de aluminio, el culín de leche tiritando en el fondo del brick, mientras muere en las entrañas del televisor sin encender el partido que no llegarás a ver, mientras Dani Romera se alza en paladín y brazo ejecutor del lunes y con el filo del tacón corta la cuerda de la que pendían dos de los tres puntos que Tomeu y su estrella chiquitita pero firme sostenían malamente desde el otro lado de la cal. Cómo llorar por segundas partes infames cuando esa es la parte menos infame del día.

Soy un humano bastante simple. Me conformo con poco. Me autosugestiono con menos todavía. Pienso que la última vez que Edu Ramos regresó al Carlos Belmonte a mi equipo le cayó un cerotrés como regalo de vuelta al cole y dos puntos perdidos en las postrimerías de un partido de lunes se me antojan maná que brota después de esfumado el rocío de la madrugada. Cada uno tiene sus tonterías para hacer la vida menos insoportable. Seamos tolerantes con nuestra propia incapacidad de actuar como seres racionales. Si hemos conseguido ser tolerantes con el Albacete Balompié después de lo que nos ha hecho todos estos años, estamos preparados para ello.

Nuestros clubes son los ríos que no quieren ver el mar, que es el morir. Tomeu, con tal entender, todos sentidos felinos conservados, cercado de su rival, y de sus defensas, míster y aficionados, paró todo lo que paró, y la grada gritó al cielo en su gloria, y aunque el 1-1 encajó, dejonos harto consuelo su memoria (no hemos vuelto a ser los mismos desde que se fue Conejo, Keylor, Mercury, Camarón, y nos sentimos mejor si sabemos que tiene una estrellita pequeñita pero firme).

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