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Aúpa Alba

Capítulo 4: Un soplo

Nada, ni siquiera el olvido, que todo destruye, había matado completamente nuestra vieja ilusión. Ganar fuera de casa siempre fue la esperanza humilde y toda la fortuna de nuestros corazones. Y allá lejos, más lejos de donde habita ese olvido, en el no demasiado vasto estadio municipal de Reus, salió despedida de la bota de Jérémie una pelotita descarriada y lo que debía ser un centro al área chica se revolvió y se convirtió en la palabra mágica, en el monosílabo de tres letras que da la felicidad, y lo que pudo haber sido un tango lento y tristón aceleró el ritmo y se disfrazó de salsa cuando el mismo Jérémie comprobó que la misma pelotita descarriada había entregado su beso de amor de mediodía a las redes defendidas por Edgar Badía, como el borracho que una madrugada en el viejo barrio encontró dos cuerpos inertes y se quedó con la navaja del uno que había matado a la otra y con el Smith & Wesson calibre 38 y los pesos de la otra que había matado al uno.

Porque a veces basta con estar ahí como le bastó a ese borracho, pero en el estadio municipal de Reus no basta con simplemente estar ahí como no le bastó al Albacete Balompié aquella mañana de domingo. Por eso sufrió. Por eso penó. Por eso cada balón que volaba camino de su área en el ocaso del partido apestó a disparo en la cabeza, a empate, a dos puntos perdidos por mor de una estúpida pifia minutos atrás, por eso, porque pareciera que si naciste martillo del cielo te caen los clavos, más allá de años de buen juego o de mal juego, más allá de rachas de mala fortuna o de buena fortuna, esa que en la vida puede sorprenderte con sólo estar ahí pero que en el fútbol, en mayor o menor medida, nunca debe dejar de buscarse, como buscó en el aire la testa de José Antonio Caro aquel balón que planeaba camino de la intrascendencia, como buscan en las aceras los pies de los albaceteños los caminos que conducen a la sartén vestida de Feria.

 

Eso y nada más es el instinto, y quién sabe si José Antonio el de Estepa no debería cargar en su espalda con el 9 y no con el 16, y quién sabe si no debería esta ciudad dedicarse profesionalmente al ejercicio de la Feria, por instinto y nunca por vocación, como aquellos enfermos incurables que una madrugada de domingo dejaron la sartén en su sitio, con miles y miles de humanos cociéndose sobre el fuego de la noche, desobedecieron a los pies que los guiaban hacia ella y tomaron la autopista de Mediterráneo hacia el noreste, más lejos de donde habita el olvido, en el no demasiado vasto estadio municipal de Reus, el olvido que lo había destruido todo salvo nuestra vieja ilusión, nuestra esperanza humilde, la fortuna de nuestros corazones: ganar un partido fuera de casa.

Y lo ganamos, lo ganaron, y la madrugada anterior la suerte regaló a un borracho una navaja, un Smith & Wesson del 38 y unos pocos pesos desperdigados junto a dos cuerpos muertos, y la mañana siguiente la suerte regaló a Jérémie el soplo que convirtió un centro al área chica en gol y transformó en salsa lo que quizá hubiera sido un tango de lluvia y melancolía, como ese que dice que es un soplo la vida, que once años no son nada desde aquel otro 9 de septiembre en que Santi Denia y Biagini batieron a Arnau y el Albacete Balompié durmió casi líder y Albacete no durmió. Entonces y ahora lo ganamos, lo ganaron, lo vivimos, y tropezando borrachos de Feria y con una navaja, un revólver, unos pesos y tres puntos en los bolsillos lo cantamos desafinaos por las calles del viejo barrio, la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ¡ay Dios!

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