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Aúpa Alba

Capítulo 3: Alegría

Ser feliz no era tan difícil. Era extremadamente sencillo. Era matar las últimas noches de verano exprimiendo cada minuto sin darnos el lujo de razonar. Era no pensar en todos esos trenes que ya nos esperan en los andenes, impacientes, para secuestrarnos. Ser feliz no era ir al fútbol hasta que sí lo fue. Quizá sólo por un día, pero también llegó a serlo. Despojados de complejos y de sábanas arrugadas que ya no pretenden ser fantasmas volvimos al refugio de cemento, plástico y chapa, donde olvidamos el significado de todo y donde sucedió todo lo que alcanzamos a recordar. Y una vez allí, no importó nada más. Ni siquiera nosotros. El balón rodó y se hizo la magia. Ser feliz no era tan difícil.

No importa que, justo antes de aquel penalti con legañas,el Córdoba ya hubiese pisado nuestra área y el banderín evitase el primer infarto. No importa que José Antonio Caro I tuviese que arrojarse con la rabia inconsciente de un kamikaze para evitar bajo palos un gol de los andaluces cuando ya nos preparábamos para el saque de centro. No importa que la defensa trotase sobre el filo de la navaja más de una vez y más de dos tratando de ofrecer una salida limpia y tocada de balón. No importa que aquel otro penalti llegase a estar a unos centímetros de manopla de no acabar en el 3-0. No importa que los rivales continúen creando ocasiones sobre el señorío de Tomeu Nadal con relativa facilidad. No importa nada. No importó. No será todo eso lo que recordaremos, no fue todo eso lo que contamos.

Hay días en que los errores y los miedos cotidianos que nos acompañan abrazados a nuestra sombra pierden el sentido. Eso ocurrió el 2 de septiembre de 2018 en el Carlos Belmonte cuando el balón rodó y se hizo la magia. Se encendieron las luces de Eugeni, las de Aleix, las de todos, incluso las del torito desbocado que galopa alegre y desmedido como en otro de sus bailes. Sus luces fueron los relámpagos y nosotros fuimos el trueno, siguiendo sucompás afilando garganta, enrojeciendo las palmas de las manos, y la noche fue tormenta sin lluvia, porque ya había caído toda dos semanas atrás, tormenta de pases, paredes, largueros, aplausos, exceso, y todo dejó de importar. El Norte y el Sur volvieron a saludarse, como en otro tiempo. Ocho mil almas descubrimos entonces que ser feliz no era tan difícil, que también podía serlo ir al fútbol una eternidad después de la última vez.

Como todas las cosas dificilísimas, fue extremadamente sencillo. Como todas las cosas sencillas, nos pareció casi imposible. Como todas las cosas casi imposibles, nos robó las palabras. Nos hizo hablar con las caras, con esas caras anodinas y feas que portamos en nuestras cabezas y que camino a casa se deformaron a base de sonrisas, con los ojos contagiados del brillo que irradiaba el rectángulo de juego como minúsculas lunas que sin luz propia se alzan hermosas reflejando la del sol. Hablamos libros enteros sin abrir la boca, ejercimos sin mover la lengua la lúcida locura de Alonso Quijano, revivimos ante los pasos de cebra y no ante un pelotón de fusilamiento la tarde en que nuestros padres y abuelos nos llevaron a conocer los hielos del fútbol. No hizo falta buscar explicaciones Avenida abajo. No hizo falta disculpar los errores. Los habíamos olvidado. No hizo falta decir absolutamente nada. Ni pronunciar media palabra. Ni siquiera “felicidad”. Ni siquiera “alegría”. Recordé, al pasar por la casa del Medinaceli llegando a la mía, que ‘Alegría’ se titula la penúltima canción del segundo disco de Fito Cabrales con los Fitipaldis. Recordé que no tiene letra. No la necesita.Guitarras llorando, celebrando un blues. Y nada más. Sencillo. Casi imposible. Sin palabras. Feliz.

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