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Aúpa Alba

Capítulo 2: Honestidad brutal

Foto: La Liga

Hojeando con desgana un ejemplar del ABC descubrí lo finísima que puede llegar a ser la línea que separa el afán verdaderamente revolucionario del afán por pretender jugar contra la vida con las cartas marcadas. “Mykonos pone de moda los sueros contra la resaca. Por 250 euros, tras la fiesta se ofrece un combinado de vitaminas y otros componentes”, leí. La incapacidad del hombre posmoderno para cargar con las consecuencias de sus actos es tan palmaria como preocupante. Necesita hacer trampas para soportar su propia existencia. ¿Pagar una pasta por una pócima contra la resaca? No es un acto menos cobarde que pedirse una Coca-Cola Zero. La revolución no es eso. La revolución es otra cosa y empieza, ante todo, por apechugar. También empieza por dejar las cosas claras. Rey Manaj o Rei Manaj. Zozulya o Zozulia. La ambigüedad es una puerta entornada por la que se cuelan los virus de la anarquía y el caos. Mykonos o Mikonos.

Hoy en día ya no se lee a Lenin. Si se hiciera, estaría en boca de todos su frase menos conocida pero la más lapidaria, certera y preclara: “La revolución no se hace con dos cojones, sino con dos delanteros.”1 Todo un amante del juego ofensivo, Vladimir Ílich. Al menos en los partidos de casa.

 

Dudo que Luis Miguel Ramis oculte un idealista irredento bajo su estilizada figura. Lo ocultaba otro Luis bajo una calva lustrosa, pero no parece el caso de este Luis, que no sé si es lector de Lenin pero sí, por lo demostrado hasta la fecha, un notable lector de partidos.

Por pura estupidez, más que por puro instinto, miramos con recelo a quienes cambian radicalmente de apariencia en un corto periodo de tiempo. Jonah Hill, por ejemplo. A más de uno casi se diría que le dolió que de repente un día aquel gordaco carapán y gafotas se hubiera convertido en un señor estándar de peso estándar, como si el talento y la gracia anidasen en las lorzas, o peor, como si el hecho de que haya un fanegas menos el mundo fuese a eclipsar su estupenda presencia. Sospecho que son los mismos a los que les parece una ofensa que sus equipos se dejen puntos contra los desgraciados esos del Albacete, que se salvaron de milagrito hace meses, que a ver cómo osan plantarse delante de dos gallos caídos del cielo de Primera y ganarles la posesión, crearles ocasiones y, en definitiva, no poner las posaderas en pompa en reconocimiento del superior nombre y caché de su rival. ¡Habrase visto! ¡Cómo está el servicio!

No les jode, supongo, que Jonah Hill haya perdido tonelada y media. Quizá les jode que esté en cartel con Emma Stone y ellos en su casa arropados entre kleenex. No les jode, supongo, que un Albacete cualquiera juegue medio bien a algo parecido al fútbol y, para colmo, arañe puntos. Quizá les jode que Doña Segunda no haya tenido el detalle de esperar ni dos semanas para poner al personal en su sitio. Doña Segunda, socios. Con la Segunda no se jode. La Segunda te da y te quita: eso se aprende rápido en Albacete, al cruzar al lado salvaje de la Circunvalación.

Por supuesto que el talento y la gracia no anidan en las lorzas, del mismo modo que la predisposición a encajar cierto tipo de goles no anida en un sistema defensivo concreto, sino que parece enraizada en el alma inmortal de este club. Puede que sea algo demasiado grave, demasiado innato como para sucumbir ante la tenacidad de Ramis. El tiempo lo dirá.

La revolución, en efecto, empieza ante todo por apechugar con lo que se hace. No hay verdadera revolución sin honestidad, por eso todas las revoluciones de la Historia han terminado por ser revoluciones fallidas. No creo que para ser honesto se necesite ser un idealista irredento. Creo que Luis Miguel Ramis es un tipo honesto, y sin embargo, no un revolucionario, por mucho que le eche a la vida dos delanteros antes que dos cojones. Y no sé si existe mayor revolución que esa. El tiempo lo dirá, claro.

1 LENIN, V. I. ¿Qué hacer? Madrid, Fundamentos, 1975. pp. 123-124.

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