Capítulo 1: El mismo amor, la misma lluvia

–¿Creés en el destino, vos?

–¡Creer o reventar!

Había ensayado tantas veces aquella escena que estaba convencido de que, cuando tuviese oportunidad de reproducirla llegado el momento, me saldría perfecta, como todas las cosas que nunca hice. Sin embargo, nadie vino jamás a preguntarme con ojos centelleantes, de amor en incubadora, si creo en el destino. Lo más cerca que estuve fue cuando el viejo barbudo que sesteaba en la otra orilla de la barra del tugurio donde sintonizaban el partido se me arrimó  tubito de DYC en mano y, casi susurrándome bajo el lóbulo de la oreja, inquirió con severidad: “Y tú, chaval, ¿crees que este año vais a estar arriba?” Y en lugar de creer o reventar, me derrumbé y confesé. “Ni puta idea, amigo”.

Minutos antes, al filo de las diez, había interpretado la mancha negra del apagón como la señal del infortunio, a la manera de un monje medieval contemplando una bola de fuego rasgando la noche sobre el patio del claustro. El rayo exterminador y la lluvia despiadada, metáforas del regreso de la cruda cotidianidad de lunes malhumorados, ilusiones pisoteadas y silencios incómodos. Mediados de agosto: la parusía anual de la desdicha. Saqué la cartera, tomé la estampa de Jesús de Medinaceli y la coloqué sobre el mármol grasiento de la barra, convirtiéndola en milagroso posavasos. Combatir la superstición con más superstición es lo primero que nos enseñan, aunque no lo sepamos. Después de todo, siempre se trató de creer. Reventar, revientan pocos.

Al viejo le hizo gracia el numerito de la estampa y no dudó en burlarse. Según explicaba, era del todo infructuoso recurrir a esas cosas antes de la jornada veintisiete, dato que soltó con el aplomo y la rotundidad que sólo tienen las trolas bien amasadas. Le pregunté desde cuándo Dios le pasaba su horario de oficina; me invitó a los cuatro vinos siguientes. “Siempre ha de haber alguien de guardia allí arriba”, argumenté, y Domingos Duarte cazó el rebote y adelantó al Real Club Deportivo. “Si lo hay, entiende que tiene que atender a toda la clientela, niño.” Clavé los codos en el mármol, pegué las manos a la nuca, y me juré no volver a levantar la vista hacia el televisor de tubo donde se escenificaba el gran teatro del mundo, la historia más grande jamás contada: la pantomima del jugar como nunca para perder como siempre.

Me sacó del trance la mano peluda y dura de mi pareja de borrachera zarandeando mi hombro hasta las fronteras del disloque. Mientras yo daba gracias a la vida por no ser Rubén González, el viejo berreaba, “El posavasos, chaval, tu posavasos funciona”, y se reía. Me levantó la barbilla de un soplamocos y apuntó a la pantalla con la manaza. Distinguí una manchita roja y delante un anciano enfurecido, escena que, según me aclararon, se correspondía con la expulsión de Krohn-Dehli por mostrar con escasa urbanidad su desacuerdo con la decisión arbitral de señalar penalti, al parecer totalmente infundada pese a que Fran García había sido derribado en el interior del área. Nos abrazamos cuando Rei Manaj convirtió el gol del empate. El viejo me besó la frente, me arreó una nueva torta amorosa, suspiró. “Bueno, pues para empezar no está mal.” Y se marchó, por supuesto, sin pagar las rondas a las que había prometido invitarme. Tampoco las que había tomado antes.

Al salir a la calle, desvalijado y aturdido, deseé que las nubes comenzaran a exprimir sobre mí su zumo tibio y purificador. Imaginé que me resbalaban por las mejillas gotas de la misma lluvia que dos horas antes había caído sobre el lugar donde yo deseaba estar y no estuve. Me hizo sentirme mejor. Caminé toda la madrugada sin rumbo, como siempre sin nadie a quien acompañar, nadie con quien recrear la escena de aquella película argentina que tanto me obsesionaba. Entonces pensé que quizá las jugadas sin importancia de partidos sin importancia habían sido los momentos más importantes de mi vida. Como una entrada estúpida de David Simón al filo de la medianoche para convencer a una hinchada hambrienta de que, al fin, puede que le espere un año para creer en algo mejor que simplemente no reventar.

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