Hijo póstumo

Se dice que lo más difícil en esta vida es saber cuándo has tocado fondo, porque (casi) siempre es posible caer un poco más bajo, pero más difícil todavía es lo contrario: darse cuenta de cuándo has alcanzado la cima de tu existencia, por eso quienes logran escapar a esta norma viven en paz el resto de sus días, entregados al goce de una decadencia tan inevitable como feliz, por eso Joan Capdevila se dio el lujo de salir en directo ante las cámaras con un cubo en la cabeza durante la noche del 11 al 12 de julio de 2010. A Joan Capdevila esa certeza se le presentó con demasiada facilidad pero a la mayoría de los mortales, mucho menos afortunados, la búsqueda de esa misma certeza les lleva, en ocasiones, toda la vida, con la frustración, agotamiento y tristeza que ello conlleva.

Cruyff fue lo que fue porque combinaba como pocos los dos ingredientes más imprescindibles para triunfar: saber mucho de lo suyo y no tener piedad de nadie. En julio de 1995 Johan no tenía aún del todo claro mandar a paseo a Xavier Escaich, último mono de su delantera, y tras la salida de Stoichkov se lo llevó al stage culé en Holanda. En el primer amistoso de pretemporada, que acabó con un ajustado 0-18 al SV Epe, Escaich marcó 6 goles en 45 minutos. Sin embargo, Cruyff no dio pie a que se consumara la enésima historia rockybalboesca de jugador humilde que, después de mucho comer mierda, logra una oportunidad, asombra a su arrogante y escéptico entrenador e inicia su escalada al Olimpo, porque Johan –siempre tan inteligente y siempre tan hijo de puta– supo interpretar aquello como lo que realmente era: la señal inequívoca de que el chaval acababa de tocar techo en el fútbol y después de esa tarde ya sería imposible que pudiera aportar absolutamente nada mejor al Barça. Escaich marcó 6 goles y, en efecto, terminó de convencer a su entrenador, aunque fuese para darle la patada.

Escaich aún debió tardar mucho tiempo hasta que aceptó lo que Cruyff había detectado al instante. A los 19 años y jugando en 2ªB con el Nàstic, endosó un repóquer de goles a la UD Fraga, y aún voló más alto. A los 25, ya en Primera, le hizo un póquer al Osasuna de Enrique Martín vistiendo la camiseta del Sporting, y aún voló más alto. Después de colar media docena al SV Epe ya sólo le quedaba encontrar un lugar donde menguar. Fichó por el Albacete Balompié.

Me gustaría poder decir que estuve presente el único día que se produjo verdadera comunión entre Xavier Escaichy la grada del Carlos Belmonte. Aquella tarde, los de Floro reaccionaron al tercer tanto del Salamanca con un arreón pasional sobre Gol Sur en los últimos minutos que casi alumbró el 1-4 (como, por lógica albacetista, debía ocurrir) pero que sorprendentemente desembocaría, primero, en el 2-3: Zalazar disparó, el balón rozó la bota de Escaich y acabó dentro. Cinco minutos después, un zaguero unionista erraba un despeje, quedando la pelota muerta en el área chica. Xavier la recogió y no falló ante Aizpurúa. Me gustaría poder decir que estuve allí, pero mentiría. Andaba ocupado naciendo unos pocos metros más al este, en el Hospital General. Todos hemos caído alguna vez en la tentación de construir un relato mítico de nuestro nacimiento. En el mío, el disparo de Escaich atraviesa la línea de cal minutos antes de las 7 de esa tarde, rodando suavemente hacia las redes, al mismo tiempo que mi cabeza asoma por entre las piernas de mi madre, recibiendo la primera luz, y el griterío del Belmonte corre por la Circunvalación y atraviesa los muros del paritorio confundiéndose con mi llanto en un mismo rugido poderoso y tribal, convirtiéndome a todos los efectos en hijo del gol de Escaich a la Unión Deportiva Salamanca.

Club de Fútbol Extremadura mediante, el Alba y Escaich abandonaron de la mano la máxima categoría. Constantemente quebrado o a punto de quebrarse, durante su segunda temporada Xavier fue casi un fantasma. En la sexta jornada, su último gol de blanco sirvió para salvar un punto en El Sadar en el debut de García Remón. Apenas jugaría unos pocos partidos más. En junio se marchó sin que nadie le llorase y regresó a 2ªB, donde fue acogido por el Real Murcia.

El 8 de febrero de 1998, Mundo Deportivo publicaba una entrevista al barcelonés en la que, además de incluir su último año en Albacete entre las peores épocas de su vida, exclamaba: “en el Murcia juego, marco goles y creo que aún puedo decir muchas cosas en esto del fútbol”. ¿Quieres hacer reír a Dios? Cuéntale tus planes. Tres semanas más tarde Escaich convirtió en Écija el que fue su último tanto y el 5 de abril, con 29 años, acabó su carrera como futbolista profesional. A falta de veinte minutos para el final del Murcia-Poli Almería, el catalán abandonó el terreno de juego de La Condomina, sustituido por José Luis Garzón. Ambos delanteros ya habían coincidido bajo la batuta de Floro en 1995. Garzón sólo llegó a jugar entonces un partido de Liga con el Albacete, en el Tartiere ovetense: salió a unos minutos del final, sustituyendo a Xavier Escaich. El fútbol, siempre hilando tan fino.

Hoy Escaich regenta una cadena de restaurantes. Antes montó un estudio de interiorismo, una consultora deportiva y una página web para vender balones online.

Nadie podrá negar que posee un espíritu más emprendedor que goleador. Quizá me equivoque, pero sospecho que la mala fortuna nunca ha dejado de arrimarse a él en los negocios igual que se le arrimó en el fútbol, el negocio más desalmado de todos. A Escaich no lo enterró Cruyff, sino una lesión de tobillo mal curada que arrastró desde sus años dorados en el Espanyol. Al abrigo de la mala fortuna, el inefable Japón Sevilla –en el único partido liguero que arbitró en Albacete anuló su gol al Real Madrid por una inexistente falta sobre Buyo. Al menos la mala fortuna tuvo el detalle de descansar cuando Xavier recogió la pelota muerta en el área y no falló ante Aizpurúa. Quisiera poder decir que vine al mundo en ese momento, pero mentiría. Nací horas más tarde, con el Belmonte ya desierto, el viejo Gol Sur callado, Val Kilmeren “La película de la semana” de La 1, el frío gobernando silenciosamente la ciudad en la noche de diciembre y un punto más en el famélico casillero del equipo que atraparía, años después y para siempre, al hijo de aquel gol de Escaich. Hijo póstumo, pero hijo, al fin y al cabo.

One Comment

  1. Pingback: Hijo póstumo – Agorerismo mesetario

You must be logged in to post a comment Login

Deja tu comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.