No es otra estúpida película americana

Partiendo de la observación empírica de mi realidad cotidiana, hace tiempo que vengo sosteniendo una teoría: el 90% de los madrileños se llaman Álvaro y el 90% de los Álvaros del mundo son naturales de Madrid. He hecho algunos amigos por allá. El que más aprecio de todos no se llama Álvaro, pero su hermano es colega de toda la vida de un tipo que sí se llama así: es futbolista profesional, lateral derecho para más señas. Hace un par de años, después de una temporada en el dique seco, lo firmó un equipo recién descendido a Segunda B, que resultó ser el mío. Cuando me enteré, me gustó al instante. No porque ya le hubiese visto jugar y me pareciese correcto, no por ser colega del hermano de mi amigo, sino porque al llamarse Álvaro y ser madrileño mi teoría ganaba una nueva prueba de su fiabilidad. Pasiones más grandes han comenzado de maneras más estúpidas.

Si el amor fuese tan grimoso como pretenden en Hollywood, aseguraría que el destino se esperó para poner en mi vida un trasunto rapado de Óscar Montiel hasta que hube abandonado toda esperanza de volver a disfrutar de un lateral como el mallorquín, que vaya tela, por otra parte. Tengo clara la gravedad del asunto: Montiel fue el último gran capitán de un Albacete de Primera División y Arroyo aún está a tiempo de hacer la peor temporada que se le recuerde a un jugador de este club, acabar expulsado veinte veces tras ver en cada partido dos amarillas que conlleven dos penaltis en contra, hacer un corte de mangas a la grada tras anotar un gol inútil al San Sebastián de los Reyes en Copa y miccionar sobre algún recogepelotas.Aunque soy consciente de la posible blasfemia, no temo al Santo Oficio. Sé que estoy jugando con fuego, pero no me importa arder si es de su mano –otro cliché terrible inoculado desde California.

 

Y es que, visto que está de moda en Twitter que muchas chavalas publiquen fotografías sugerentes acompañadas de alguna leyenda del tipo “pídeme lo que quieras” a las que el personal contesta con chorradas de toda condición, yo siempre me he sentido tentado de participar en la tontuna colectiva pidiendo a alguna de esas chicas lo que verdaderamente más anhelo en esta vida: un lateral sobrio, con cara de pocos amigos pero buena gente, sin cosas raras en el pelo ni cuenta de Instagram, que no se ruborice a la hora de despejar un balón con toda la violencia que exija el lance y, lo más importante, que tenga nombre de lateral (“¿Álvaro Arroyo Martínez? No cabe duda: será lateral”, aseguró el currela del Registro Civil aquel verano del 88). Sin embargo, nunca he llegado a tuitearlo porque antes de darle al botón recuerdo que eso, a diferencia de todas las demás cosas que deseo, eso precisamente sí que lo tengo. Aprieta pero no ahoga, el viejo.

Se ha hablado mucho sobre futbolistas que parecen funcionarios y muy poco sobre funcionarios que parecen futbolistas, quizá porque son las mismas personas y resulta redundante. A Sumy alguno del Mora le vería un aire a Makélélé, lo sacó de la vendimia y lo puso a cortar balones, y de ahí hasta debutar en Segunda de la mano de Antonio Calderón. La vida. Arroyo debió salir un día de casa tan tranquilo, camino de su puesto en la oficina de alguna consejería de la Comunidad de Madrid, y atravesando una de las calles del barrio de Santa Eugenia alguien le vio pinta de lateral, lo engañó para entrar en la ciudad deportiva del Rayo Vallecano, que está por allí, y lo demás vino solo.

En una de sus columnas, Enrique Ballester viene a explicar que te acaba gustando según qué tipo de futbolista en función del futbolista que fuiste tú cuando jugabas. La columna es gloriosa, como todas, aunque en eso discrepo. Lo mínimo, pero discrepo. Yo era zurdo y, como no había otro en el equipo, me ponían en una banda: en la izquierda, claro. Huelga decir que ni con un panorama tan favorable logré ser titular indiscutible. Nunca soñé con ser Roberto Carlos. Ni siquiera Paco Peña me parecía alcanzable. Los laterales que me gustaban siempre eran diestros, como Óscar Montiel, porque ese es el sentido de la vida: llevarnos la contraria. Fui y soy terriblemente inconstante. Tuve y tengo barriga. Hace mucho prometía y hace mucho que nadie espera nada de mí. Este mundo no es otra estúpida película americana: quise ser Álvaro Arroyo, pero he sido Modesto Acosta.

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