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Aúpa Alba

Enamorarse

Tete durante la temporada 2011-2012 con el Albacete Balompié

Un cagarse en todo, un bufido, un lamento, el largo silencio. Y de repente, lo desconocido.

Hoy puedo decir que el descenso a la B, el regreso veintiún años después, no nos dio miedo. No: más bien fue una descarga eléctrica brutal que nos dejó tontos de baba. Lo que volaba sobre el nido del cuco eran puntos robados del Carlos Belmonte. Los niñatos de la generación noventera nacida al fútbol entre los cómodos algodones de Segunda y malcriada con el ascenso obrado por Ferrando no estábamos preparados para una incertidumbre como aquella. Creíamos haberlo visto todo en el fútbol y en la vida; naturalmente, no teníamos más patria que las antípodas de la realidad. Ahora sabemos que no sabíamos ni pizca de nada, pero no se puede vivir la adolescencia sin arrogancia y no se puede abandonarla del todo sin convertirse uno en un coñazo. Crecer también era un descenso de categoría: eso tampoco lo sabíamos.

La ignorancia es muy atrevida. Segunda B fue una buena preparación para lo que el futuro nos reservaba. Una hostia preventiva, el trabajo sucio que no quisieron hacer nuestros padres. Puede que aquel descenso fuese el único desengaño amoroso verdadero que vivimos. Los que llegaron poco después, pajas tristonas en la soledad cobarde de la habitación. La primera regla del club de la vida: jamás te fíes de Segunda B. Supongo que a principio de temporada nos resultaba inevitable leer aquella lista de Montañeros, Coruxos, Marinos, Sanses, Vecindarios y filiales (convertirse en definitiva, en un islote perdido entre las profundidades de la Guía Marca, un esputo de tinta) con la suficiencia de la que sólo el recién llegado de una civilización superior puede hacer gala, pero también resultó ser el camino más rápido a dejarnos los dientes en el bordillo de bronce de la categoría. La ignorancia, que es muy atrevida.

La culpa de todo fue de Tete. Llegué a esa conclusión muchos años después. Tete se llamaba Alberto, era de Badajoz y le decíamos Pitingo por compartir el peinado, el tono aceitunado de la piel e incluso un evidente parecido en los rasgos con el cantante de Ayamonte, que ya por aquel entonces había dejado de estar de moda y sin embargo aún lo estaba un poco más que ahora. Tete, el muy cabrón, apenas pasaba del metro sesenta y Antonio Gómez lo ponía en la banda derecha, región en la que llegaban a él los balones y desde donde partía rumbo a lo desconocido, a la cal del fondo, a las junglas de piernas del balcón del área rival. Aprovechaba su físico de hormiga atómica para colarse entre rendijas, hacerse uno con la bola y corretear hasta llegar a alguna parte o a ninguna; para dar por saco, en definitiva. La culpa de todo fue suya. Nos hizo creer que la rebeldía por la rebeldía era el camino. Mal ejemplo para unos adolescentes que fían demasiadas cosas al fútbol.

De Tete había que enamorarse. Sencillamente no podíamos negarnos a hacerlo; haber padecido, apenas unos meses antes, aberraciones como Frank Songo’o o Javier Ángel Balboa en su misma posición suponía un condicionante demasiado poderoso para una grada con el alma tan requemada como la de aquel Carlos Belmonte. Tete era bueno y nosotros fácilmente impresionables. No es fácil sonreír en mitad del desierto, menos lo es ilusionarse. El anarquismo loco y kamikaze del número 20 hacía de cada una de sus internadas un oasis mínimo, una gotita de agua dulce en nuestras gargantas resecas y quebradizas. Después de todo, quizá la culpa no fuese suya. Él sólo vino a jugar, a cobrar por jugar, y lo hizo bien. Puede que encomendásemos demasiado a su metro sesenta y poco y a su velocidad de niño chico recién merendado.

Tete se fue al Murcia. Se fue a seguir jugando, a seguir cobrando por jugar, pero a una categoría superior. Tete se fue al Murcia después de dos años chocando contra la pared del play-off. Llovieron reproches, improperios despechados por consumar la más alta traición que existe, los platos que se arrojan contra la pared en las películas durante esas discusiones que certifican una ruptura. Tete consiguió lo que se le resistía tomando la A-30 dirección sureste y nosotros conseguimos lo que se nos resistía sin él. Odiamos a Tete durante un instante y un instante después lo olvidamos. Quizá fuimos desagradecidos. Él fue un caballero en su despedida. Éramos demasiado adolescentes todavía para echar nada de menos, demasiado adolescentes para entender cualquier cosa. Luego la vida nos puso en nuestro sitio. Nos dio y nos quitó. Nos bajó de categoría. Nos pasó de moda, como a Pitingo el cantante y a Pitingo el futbolista.

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