Abuelo

Mi abuelo, aunque devoto de Antonio Molina, a quien sigue recordando con los ojos vidriosos cada vez que aparece por esos programas de retales de después de las uvas, no se marchó de su tierra en un barco rumbo a la Argentina, cruzando la mar serena, diciendo adiós a su España preciosa con una copla morena hecha de brisa y de sol. Quizá eso le hubiera gustado más, o disgustado menos, que meter en un petate miserable cuatro camisas y dos pantalones y embutirse en el autobús destartalado que lo llevaría hasta un oasis de casas blancas flanqueadas por los últimos restos de una muralla en mitad de un desierto amarillo (páramo muerto al que Alfonso X dio carta de Villa y carácter Real), arrancándolo para siempre del vientre de Galicia, de la aldea orensana donde nació y cuidó vacas, de la cosmopolita y frívola Vigo que dio forma a sus fábulas adolescentes, de su Celtiña, al que no volvería a ver hasta medio siglo después y de la mano de su nieto, y no en Balaídos, sino en el Carlos Belmonte de Albacete.

Cuando el speaker llega al número dieciséis me giro hacia mi abuelo, le agarro un brazo con una mano mientras con la otra señalo al cielo donde retumba la megafonía, Ése, ése que acaba de nombrar es como tú, del Celta y de un pueblo de Ourense, y el abuelo se echa a reír como sólo puede reír él, como le he visto reír desde que mis recuerdos son manchas de colores en movimiento, Pues cuidado no se vaya a equivocar de portería y le hace un favor al Celtiña, y sus ojos chispean detrás de las gafas enormes. Es el capitán, no puede hacerlo, tranquilo.

Veía y aún veo reflejada en la sombra que proyecta Fran Noguerol al caminar la silueta de mi abuelo. Demasiadas líneas paralelas en sus biografías como para no extrapolar a aquél el amor que siento por éste; no son tantas, pero son las suficientes, y las suficientes ya son demasiadas en asuntos de familia. Admiré inconscientemente a Noguerol durante cada uno de los casi 200 partidos que defendió el escudo que elegí de niño. Quizá por haber nacido a una escasa treintena de kilómetros de la aldea del abuelo, por ser celtarra, por aquella manera de otear el horizonte desde el área con la camiseta remetida que ridículamente traté de imitar, o quizá por aquel gol en Castalia que ni siquiera Enrique Castro ‘Quini’ hubiera sido capaz de mejorar. O porque se me hacía eterno, defensa central sin fin ni principio, viejo de joven y viejo de viejo. O quizá porque no vi jugar nunca al fútbol al abuelo y tenía que imaginármelo con la cara, el cuerpo y la camiseta de otro (¿quién mejor que un orensano dos veces emigrado a tu propio equipo?).

La gran paradoja, y a la vez uno de los hitos más poéticos de la historia de Noguerol con el Albacete Balompié, es que jugó en 2008 su último encuentro salvando a aquel equipo infumable de las garras de la Segunda B y el siguiente partido oficial que disputaría con el murciélago en la pechera sería el primero del club en esa categoría 21 años después. De invitar a Las Palmas a tu fiesta a ser el invitado de un filial en un Coliseum fantasmagórico. Como marchar del planeta evitando una guerra nuclear y a tu regreso encontrar la estatua de la Libertad enterrada hasta la cintura en una playa. Y en lugar de llorar, lamentar y maldecir de rodillas en la arena, cavar y cavar y cavar, dejarse los lomos durante tres años hasta que por fin el cóctel de suerte y magia calva devolvió este club deprimido a Segunda, allí donde Noguerol lo había dejado antes de marcharse por primera vez.

Parece escrita en cada gota de sangre gallega un conxuro metafísico que empuja a poner constantemente tierra por medio, a buscar en otros pagos el alimento y el trabajo, que condena a nombrar los hijos con apellidos forasteros, que sólo hace profetas lejos de los valles verdísimos y los rompeolas de la ría. La maldición agridulce de construir una vida y echar raíces en las antípodas de aquel paisaje, en los llanos infinitos y abrasadores, de ser símbolo en Albacete pero nunca en Vigo, de reencontrarte con el equipo de tu vida después de cincuenta años en el Belmonte y jamás en Balaídos. Un regreso eterno a quién sabe dónde, “queremos curar a fendedura, olvidar a tristura e voltar comezar”.

Quién no daría la vida por sentir la brisa del monte orensano o de la playa de Samil sobre la piel cuando ésta es acuchillada por el calor asesino del sur de Madrid una tarde de agosto. Un equipo desubicado tras dos décadas de profesionalismo cada vez menos profesional. Noguerol tragando saliva en la inmensa planicie del verde caliente. Enfrente un filial con la vida por delante: portería defendida por un mallorquín de nariz aguileña, flanco derecho vigilado por un vallecano de pelo corto. Se enfrentan a un histórico que vuelve al infierno. Que saldrá y se hundirá otra vez. Al que ellos están destinados a sacar de nuevo de ahí años después, con ese mismo central avejentado –ése que ahora los desafía desde el área contraria– dándoles instrucciones desde el banquillo. Se llaman Tomeu y Álvaro. Se llama Francisco Noguerol Freijedo.

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