Deja que esto no acabe nunca

 

Intrascendencia hecha carne. Eso es lo que somos. Unidades de destino en lo inmediato, en lo perecedero. Es cierto: nadie se acordará de nosotros cuando hayamos muerto. Abrazarán de cuando en cuando nuestro legado inmaterial, chistes, frases hechas, y amarán el legado patrimonial. Pero no recordarán aquel pedazo de carne animada que fuimos.

El estadio como campo de concentración de fugitivos. Manicomio de individuos embrutecidos por el peso de las expectativas. Quizá esperamos demasiado de la vida. O quizá hayamos recibido demasiado poco de ella. Qué importa eso si –ya lo lamentaba la canción de Barricada– cualquier intento por lograr salir del ataúd resulta un fracaso. Hay días que necesito ver el resumen del Albacete-Rayo Vallecano de enero de 2010. Necesito creer que es posible cavar un túnel en la tierra que nos aplasta desde abajo, bucear entre raíces podridas y lombrices y sacar la cabeza en el otro lado, donde la carne que nos envuelve sea algo más que un papel condenado a hacerse pelota surcada por arrugas. Un reino donde la intrascendencia sea sólo un conjunto de letras en el diccionario. No es posible cavar ese túnel con una cucharilla de café. Guille Roldán lo hizo con un balón.

Maldito fútbol. Con qué facilidad convences de que de ti se puede esperar lo imposible. Con qué crudeza estampas tu guantazo sobre nuestra mejilla al más leve descuido. Podrías tener algo de piedad con las hordas bárbaras de los graderíos, con la carne de cañón que te juega en las alfombras verdes, en los patatales embarrados. Retirarse a la playa huyendo del sinsentido del universo y que el mar, en lugar de unos labios frescos que te besan los pies, sea un enorme sumidero que devora todo lo que roza. “Hijos del fútbol”, reza el título de un reciente libro, y el fútbol es Saturno clavándonos los dedos gigantes en la espalda y espachurrando nuestras cabezas con sus dientes de titán. El fútbol deglute a sus hijos y los regurgita empapados de baba y bilis. Te tragaste mis ilusiones pero no me tragaste a mí. Aquella noche de enero te tragaste a Guille Roldán con su magia, pero luego sólo lo vomitaste a él. Sin nada más. Un pedazo de carne intrascendente.

Foto: www.futbolcarrasco.com

Lástima que Carl Sagan lleve tiempo empadronado en el corral de los quietos. Me habría gustado leer su opinión acerca de la importancia de cuarenta y cinco minutos de filigranas en la banda de Preferencia, controles de tacón, pases exquisitos con el exterior y trajes a medida de Tito; de la importancia de tanta maravilla en ese chispazo de tiempo sobre una esquinita perdida en la superficie del punto azul pálido, de esa mota de polvo suspendida en un rayo de sol que llamamos Tierra. “Ninguna. Nunca importó nada. Ni siquiera ganasteis el partido, desgraciados.” Carl se chotea de mi ingenuidad desde su porción de tierra húmeda en el cementerio Lakeview, Ithaca, estado de Nueva York.  Y tú qué, montoncito de polvo y huesos bajo el suelo, quién se acuerda de ti, alaban lo que hiciste, libros, series, palabras, no a ti, tú ya no eres absolutamente nada. No eres. Qué fue Guille Roldán, además de nada. Nos quedó un fogonazo de belleza en el desván de la retina, cuarenta y cinco minutos no para celebrar, sino para lamentar que acabaran. Para preguntarse por qué la vida nos da tan poquito. Un interrogante que ya nadie responderá. Eso fue, eso es, en eso quedará para siempre la sombra de Guille Roldán por la banda de Preferencia.

Cada vez lo necesito menos, pero aún me pide el cuerpo ver el resumen del Albacete-Rayo Vallecano. Aún me pide remover Melilla con Gibraltar hasta encontrar a Guillermo, devolverle el balón con el que se jugó el partido mientras le reprocho su inevitable sumisión a la intrascendencia. Preguntarle por qué dejó que aquellos cuarenta y cinco minutos acabasen: por qué, por qué, por qué tantas cosas que él no puede responder.

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