La passió segons sant Marc

“Si el Ejército se levanta –bromeó el presidente Casares Quiroga– yo me voy a dormir”. Y si toda la ciudad desfila con gesto adusto y solemne hacia la calle Tejares en busca de un asiento desde donde entregarse cómodamente a la retransmisión de la eliminatoria de la Liga de Campeones, nosotros hacemos el camino inverso y vamos con pasito firme (izquierda alante derecha atrás), Mayor, Gaona, San Agustín, hasta salir al Altozano y acomodarnos a la verica del kiosco para ver la procesión. Miércoles Santo y dos pecadores en estación de penitencia, admirando el discurrir de nuestra imaginería a cuya cabeza marchaba mi Macarena, la del barrio. Purgando las penas de más de un mes sin ver a nuestro equipo ganar en casa, sin Verónica que nos enjugase lágrimas después de que el Rayo Majadahonda profanase el templo en pleno Domingo de Ramos. Y, entre lamento y rechinar de dientes, Andrés me dio un codazo y señaló al frente, a la acera de los jardines. Cuando los destellos de los faroles del Nazareno se esfumaron, conocí el motivo. Allí mismo, asistiendo a la escenificación de la Pasión igual que nosotros, se alzaba en su gigantesca pequeñez la figura de Marc Rovirola.

Rovirola, me decía siempre Andrés, es como un perrete. Mirando eternamente abajo, al tren inferior, al milímetro de hueco invisible al ojo humano donde el taco y la hierba no alcanzan a rozarse. Sin poder parar quieto ni un nanosegundo, con la pierna siempre temblorosa y a punto para salir de su campo gravitatorio y volar hasta cruzarse en la órbita de un balón destinado a obrar en poder del rival. Desbocado y revolucionado, desprendiendo tanta energía que en más de una ocasión podrían haberse apagado las torretas y allí hubiera alumbrado él, luciérnaga defensiva centelleando en la oscuridad. Uno no elige cuándo ni de quién enamorarse. La magia no sería magia si no floreciera en lo insospechado. En la hipérbole y el hipérbaton. En un potrillo que sale al Carlos Belmonte sin rienda que lo ate y en trece minutos ha visto dos cartulinas amarillas y su correspondiente guinda roja. Mejor pasarse que no llegar. A la armonía por la senda del exceso y el caos. Perrete incansable pegado al tobillo dentro del rectángulo, chaval cualquiera en la selva de fuera. Espectador de procesión, callado y discreto.

Las cruces invisibles son siempre las más pesadas. Las que quiebran los huesos no de un solo golpe criminal sino arañando, gotas chinas, un sacacorchos imperceptible que no puedes sentir sino cuando ya ha penetrado en lo más profundo. Hay dolores que no son cosa de tres días, viernes, sábado, domingo, para luego regresar a la vida. Tomar una cruz invisible sobre las espaldas, sobre la pelvis, cargar con el peso aplastante de la incertidumbre. Arrodillarse en el huerto y elegir: el sacrificio presente e inmediato o buscar refugio en las huidas que dibuja el futuro. El dolor de hoy o la seguridad de mañana. Marc Rovirola eligió jugar a sabiendas de lo que podía afrontar más tarde. Cuántos pinchazos mudos y sordos, cuánto dolor ciego se ocultaba detrás de cada galopada por las llanuras de la medular, de cada caída kamikaze al suelo en plena batalla por un balón que el rival amenazaba con envenenar. Marc se condenó a sí mismo a cambio de uno de los finales de temporada más imperiales que han visto mis ojos. Fue dejando un poco de su cuerpo, de su salud y de sus fuerzas en Navalcarnero, en La Palma, en el Son Malferit que hoy lo acoge. En Mestalla. En nuestro Belmonte. No sé si te mereció la pena el esfuerzo, el padecimiento, el dolor, Marc. A ti, no lo sé. Para nosotros fue un milagro. El regalo de un chico sencillo que quiso mantenerse firme desafiando a una naturaleza que había de cobrarse el recargo. Porque eras humano, aunque aquella tarde en Valencia nadie lo hubiera asegurado.

La vida ha seguido, aún sigue, sin detenerse en sus ciclos. Marc volvió a los pastos el domingo, bajo los vientos gironines que lo acunaron de niño, y yo, a la vera del kiosco del Altozano, admiraré nuevos episodios de religiosidad primaveral. Te buscaré entre los capirotes y no hallaré tu figura diminuta, la misma que no veré tornarse gigante cuando pose la mirada sobre el césped y algún balón se dirija irremediablemente a las botas del rival, huérfano de tu pierna alada para ser arrebatado. Ahogaré la pérdida amando sin la fuerza suficiente a otros mediocentros, te negaré más de tres veces cuando reluzcan otros jugadores y vivamos tiempos mejores, pero mantendré encendida la vela del Sabbat, recordatorio silencioso de que quedaron cuentas pendientes de ser saldadas. De que no puedo conformarme con que seas Moisés, conduciendo a este pueblo a su Canaán de plata sin llegar a pisarla, sólo mirándola a lo lejos. De que ése no es el final que merecía tanta Pasión.

Escrito por Míchel Barba (@MichelBarbaFDZ)

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