La melancolía del mapache

Coloca el balón diligentemente en el lugar que el colegiado le ha indicado, un punto kilométrico perdido sin hito que lo marque en el tapete yermo del Alcoraz, estepa, tundra embellecida con hilos de cal. Siberia es un óleo primaveral sobre la tabla de Botticelli, Huesca es el mundo real. Levanta la mirada y esos ojos tristes vagan por el horizonte, sin posarse en ninguna parte, sobrevolando las cabezas de los de aquí abajo, las bufandas de los de ahí arriba. Uno, dos, tres pasitos, trote cochinero, y la bota derecha besa el esférico. El amor hace milagros, dibuja parábolas maravillosas en el aire otoñal. Un beso de amor verdadero, de zapatilla enchochada, de balón que despega sin alas para volar, escuadra de portería, portal donde resguardarse de la lluvia y mirarla caer como cae una pelota ante la impotencia de Toni Doblas, donde contemplarse, adorarse durante cinco segundos eternos, a los ojos, a los labios, hacia lo desconocido, hacia lo inevitable, hacia un gol asesino de Echaide en el último minuto.

Mentimos al decir que celebramos todos los goles por igual. Mentimos al afirmar, golpeando el pecho o la mesa, que no hay un hermano preferido, hijo preferido, amigo preferido, abuelo preferido, primo preferido. Mentimos, en general. José Antonio García Rabasco marcó doce goles vistiendo la camiseta del Albacete. Doce goles, doce hijos, doce tribus para crecer y multiplicarse, para manchar los pies con el polvo de los caminos antes de llegar a la Tierra Prometida. El hijo preferido para mí fue el quinto. Concebido y alumbrado en los páramos ultrapirenaicos, fruto del ósculo apasionado de aquella bota y aquel balón, cesárea sobre la barrera azulgrana, incubado y acunado entre los dedos finísimos y blanquecinos de unas redes. Calor, incendios de nieve en la quietud del noviembre altoaragonés. La mata de caracoles de pelo recién cortada, desnuda para abrazar el frío, los brazos elevados al cielo y firmes, mástiles donde ondear dos banderas de esperanza, de empate, de puntito fuera de casa. Banderas arrancadas de un zarpazo. Ilusiones que finalmente no trascienden el espejismo del televisor. Desplomarse sobre el sofá y quedar a la intemperie, abandonado, los labios repitiendo el regusto del beso inútil y el corazón atravesado por dos dagas de hielo.

 

Si existe una palabra que tenga asociada inexorablemente y con vocación de perpetuidad al nombre de un futbolista, es melancolía. Leo el nombre de Verza y leo melancolía. Veo fotos suyas y veo melancolía. Lo observo jugar, en presente y en pasado, y no puedo sentir nada más que melancolía. Xavi Hernández sacaba la batuta y los vientos y las cuerdas y la percusión, y el en el césped retumbaban sinfonías, arias, cantatas. La exquisitez de lo inalcanzable. José Antonio García Rabasco recibía el balón y con cada toque, conducción y pase hilado por sus botas mi cabeza escuchaba las primeras notas de “Insurrección”, esa guitarra haciendo pucheritos, una melodía henchida de tristeza, de atardeceres y suspiros al abrigo de la brisa, mirando al infinito en la playa, esa misma mirada a la nada de Verza mientras flotaba sobre los campos, mientras tomaba tres pasos de carrerilla en la frontal del área, ojos suplicantes de mapache, ojos antiguos, ojos de una pequeñez insondable, profundísimos. Dos pozos a los que asomarse y preguntar si lo que ocultan es un futbolista o un lamento eterno, o quizá las dos cosas.

Sospecho que Verza guarda en su desván, protegido por una manta gorda y áspera, un retrato que envejece por él. Recuerdo el rostro de Verza reflejando el mismo hastío con apenas veinte años que ahora, inmerso ya en la treintena, cuando caen las primeras hojas anaranjadas de la vida deportiva. Quizá envejeció demasiado de niño y sólo quedó dejar pasar el tiempo. Dejar pasar los días, las semanas, los partidos y las temporadas. Dejar pasar los balones, ser puente entre compañeros. Quizá envejeció de golpe, de un pelotazo seco, una bala perdida en mitad de las huertas de Orihuela. Verza jugó cien partidos de Liga con el Albacete. Cien. Una cifra redonda e impecable para pulir y colorear la melancolía y el claroscuro que subyacen a cada una de esas actuaciones. Ni tan buenas ni tan malas. Ni héroe ni antihéroe. Un hombre, simplemente. Al echar la vista atrás lo recuerdo con cariño. Con los brazos elevados al cielo oscense y el pelo recién cortado y el balón en el fondo de la portería de Doblas. Con esa sonrisa improbable que nunca afloraba, con esa mirada de halcón herido por las flechas de la incertidumbre.

Escrito por Míchel Barba (@MichelBarbaFDZ)

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