Goles lejanos (errores humanos)

Imagina un partido del grupo vasco de Tercera División. Ciento cincuenta norteños desafiando el invierno vizcaíno al abrigo de la caseta encantada de Gazituaga. La Sociedad Deportiva Zamudio doblega al Club Deportivo Santurtzi por un exiguo uno a cero, tanteo poético, espartano, gris, telúrico. El gol lo ha marcado un tallo moreno y barbado, enjuto y exhausto, soldado en lenta retirada, Quijote de regreso al hogar desde la playa de Tarraco, desde La Mancha y Levante, desde el campo charro, un viaje eterno de quince años. Tercera División, grupo vasco, Gazituaga. Uno a cero. Gol de Azkorra. Ocurrió el domingo. Pero podría haber ocurrido en cualquier momento de la historia de la humanidad.

Después de un tiempo (¡por qué correrá tanto!) hablando con ella, se presentó. Dijo que su nombre era María. Le pregunté de dónde era. De Sestao, contestó. Y yo, enfermo y envenenado por una vida de adicción, creí ver cómo María crecía y se estiraba ante mis ojos, su melena negra y lacia se acortaba al tiempo que iba rizándose. Su nariz tornó aguileña y un bulto picudo floreció en su garganta. El gris de su sudadera comenzó a deshacerse en franjas, unas verdes y otras negras; aquella chica que charlaba conmigo era de repente Gorka Azkorra. Menos mal que no me puso un espejo delante, porque la expresión de imbécil que debía lucir mi cara en aquel momento hubiera destruido el poco amor propio que tengo. Al menos, eso sí, la hizo reír. Quizá hasta despertó en ella una oculta vocación por la zoología que la empujó a no huir despavorida y continuar interactuando con semejante ejemplar. “¿Qué pasa, no sabes dónde está Sestao?”

Sestao, María, Sestao en las lágrimas que Calle escondía entre sus manos en la esquina de Las Llanas. Sestao, en todas las aurículas y ventrículos que ciento ochenta minutos dejaron prácticamente inútiles para el resto de nuestras vidas. Sestao, en un balón muerto en el área grande, tradicional obsequio amable de las defensas albacetistas, en una pierna kilométrica que se retrotrae, prepara el fusil y ejecuta un lanzamiento tétrico, lento, incomprensible, pero destinado a besar las redes. Sestao, en aquel silencio extraño de Gorka Azkorra después de marcar el gol del empate. Austera muestra de hidalguía, Quijote del sirimiri, entre el jolgorio de una grada que celebraba el inicio de una venganza que no habría de consumarse. Ocurrió hace un año.

Azkorra jugó cuarenta y cinco partidos oficiales con la camiseta del Albacete Balompié entre agosto de 2006 y junio de 2008. A lo largo de casi dos mil minutos, anotó cinco goles. Sólo pudo celebrar uno en el Carlos Belmonte: el primero. Sentenciar con el 2-0 la victoria frente a un debutante en la categoría que juega con tu tercera equipación, el murciélago amordazado con esparadrapo. Lo demás, silencio. Cuatro veces más vio puerta. Lejos, arropado por los ánimos de otros públicos, las mangas largas desplomándose por sus brazos eternos. Goles que emergieron de mi radio enferma, que celebré con los cojines de la cama y los libros de la estantería. Goles, todos, que dieron puntos a mi equipo. Una victoria y (al año siguiente) un punto en Chapín. Otro punto en Los Pajaritos. Y otro en el Heliodoro. Goles que no hicieron rugir al Belmonte. Contadas gotas de vida, en frasquitos minúsculos, para un equipo débil. Su despedida también sucedió lejos. En el coliseo del país de los invernaderos, abandonó el césped del Municipal de Santo Domingo y jamás volvería a posarse en su pecho ese mismo murciélago que las víctimas del único gol suyo que celebramos lucían amordazado aquella tarde de agosto.

He sido en la vida como Gorka en los campos. Caminar y caminar, caminar mucho, correr algo menos. Pero estar siempre ahí. Gigantesca señal de tráfico, silenciosa y apocada. Entrar al remate a ciegas. Fallar demasiado hasta acertar un poquito. María, portería imbatible. Gorka mano a mano con Oliver Kahn en una final. Lo normal es que Azkorra hubiera fallado esa ocasión. Yo, obviamente, la fallé. María no era del Sestao, así que no encontró motivos para odiarme una vez revelé mi procedencia. Probablemente cualquier referencia que hiciera a aquel play-off le sonó a chino. Pero de qué estará hablando este idiota. Hay que tener mucha fe para tratar de ligar hablando del grupo II de Segunda B; la misma que Ferrando o Quique Hernández cada vez que había que empatar un partido, se giraban hacia el banquillo y decían “Gorka, a calentar”. Lo normal es fallar, pero la vida no le niega a nadie un pequeño triunfo de vez en cuando. Silenciar Chapín, llenar Las Llanas de esperanza tras empatarle al líder, alegrar el domingo a ciento cincuenta norteños que desafían el invierno vizcaíno al abrigo de la caseta encantada de Gazituaga.

María, por cierto, era del Athletic y del Numancia. ¿Sabes qué delantero jugó en esos dos equipos y en el Albacete?

Exacto.

Artículo escrito por Míchel Barba (@MichelBarbaFDZ)

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