El día que el Alba remontó un 0-3

Estaba yo en el Belmonte, el domingo, con la mirada perdida, dirigida al infinito, oteando un horizonte no tan lejano con un “2” y una “B” al fondo, con la congoja en el alma y el frío en los huesos. Era el minuto 75 del partido. El Leganés jugaba subido en la escalera de su propia suficiencia de líder intratable, sin emplear ni una marcha de más, y nuestro Alba se peleaba a manotazos contra su propia impotencia e ineficacia. Y me vino a la cabeza, en aquel momento, el descenso de la temporada 2010-11. Pero no en el sentido de recordar a la galería del horror de aquel año, como Kandol y su peluco, el puma De Lerma, Diego Camacho, Guille Pérez, Balboa, Antonio Calderón, Toni “el patas”, el no fichaje de Berry Powel, el tampoco fichaje de Bangoura y sus inciertos antecedentes….

Como dice alguno de esos creadores de lugares comunes tipo Josef Ajram o Paulo Coelho, hasta de los peores momentos se pueden sacar cosas positivas, y el curso del último descenso a Segunda B fue casi en su plenitud una lágrima de temporada, pero con un alegrón por abril. Un Alba prácticamente desahuciado que iba perdiendo 3-0 en Vallecas en el minuto 74 y que logró empatar a tres. Uno miraba el minuto 75 en el marcador con 0-3 y llegó a plantearse si no podía pasar eso. Por supuesto, el fútbol tiene lógica y ese 0-3, si bien no se convirtió en un 3-3, si fue una idea que cristaliza en este artículo. Empecé a darle vueltas a la cabeza, a pensar si nuestro Alba había hecho todavía más, si había remontado alguna vez un 0-3.

En los malos momentos, el albacetista mira atrás, tira de youtube, se pone el gol de Simeón, el de David Sánchez a la Real, el hidalgazo, los vídeos del ascenso con el Sestao…. Intenta coger moral, animarse o incluso mira con nostalgia aquellos tiempos de euforias interminables. Pues mi idea es, simplemente, darle al play a un supuesto video de youtube de 1949. Un Albacete-Lérida que evidentemente, no fue registrado por ninguna cámara, solo por las teclas de los cronistas.

Estamos, como decíamos, en 1949, concretamente, en el día ocho de mayo. Hay que contextualizar primero lo que pasó esa temporada. Nuestro Albacete andaba por la tercera división y fue campeón de su grupo, dejando atrás a Elche, Eldense, Cartagena, Imperial, Orihuela… los de siempre. La tradición anual era que, el campeón de cada grupo tenía que jugar una durísima fase de ascenso así como el subcampeón. Pero ese año se estaba rumoreando con fuerza que la Segunda División (categoría inmediatamente superior, el pozo de la Segunda B no fue perpetrado hasta 1977) se iba a ampliar a dos grupos de cara a la temporada 1949-50, duplicando por tanto la cantidad de equipos participantes y poniendo los ascensos prácticamente en bandeja.

Y esto al final se llevó a cabo, y los seis campeones de grupo directamente ascendieron a Segunda. Estos eran; Osasuna, Lérida, Plus Ultra, Orensana, Atlético de Tetuán… Y nuestro Albacete. Es curioso que los dos primeros ascensos de la historia del Albacete Balompié (temporada 42-43, de Regional a Tercera, y temporada 48-49, de Tercera a Segunda), fueran por la vía administrativa, por ampliación de categorías.

Estos seis equipos jugarían una competición llamada “Fase de Campeones”, en la que no estaba en juego ningún ascenso, con el objeto más que nada que de dar “vidilla” a la primavera y no tener que rellenar con amistosos, y por supuesto, un trofeo de campeón absoluto de Tercera, único en la historia. Tampoco era la gran ilusión en las vidas de los equipos jugar el torneo, y el baqueteado Albacete no era una excepción, viajes a Pamplona, Orense, Cataluña y hasta al protectorado español de Marruecos, pero a ver quién decía que no a cualquiera que tuviera poder en aquellos años.

El Albacete había empezado esta fase perdiendo 2-0 en San Juan, que así era como se llamaba el campo antiguo de Osasuna, el 1 de mayo de 1949. Empezó a competir una semana después que el resto debido a que el 24 de abril de 1949, fecha señalada para empezar la competición, estaba jugando nada más y nada menos que la vuelta de una eliminatoria de octavos de final de Copa del Generalísimo ante el (Nástic de) Tarragona. Esa Copa de España de 1949 merecería un artículo ella sola, por cierto. De una sentada el “tercerola” Albacete se cargó al Cieza, Eldense, Real Murcia (en la Condomina, y a un equipo que estaba en Segunda), y Alcoyano (Primera División) y puso a los tarraconenses (también de Primera) en unos apuros terribles. Faltó solo un gol para remontarles el 5-1 que traían los granas de tierras tarraconenses, siendo 3-0 el resultado final en un embarrado y enfervorecido Campo del Parque.

Pues eso, que con un partido menos y un único partido jugado con derrota, el Albacete, al que le quedaban veinticinco años para ser el Alba, necesitaba los puntos para no caerse de la lucha por ser campeón de Tercera. El visitante, que era totalmente nuevo por la villa, era la Unión Deportiva Lérida (luego Unió Esportiva Lleida), y el equipo que presentó estaba lleno de apellidos catalanes bastante desconocidos por aquí.

El Lérida jugó con Rivero; Pedrín, Cala, Vendrell; Ferrando, Jiménez; Briansó, Amat, Remacha, Pintor y Ruiz. Moderno sistema de WM, tres defensas, dos medios y cinco delanteros (y el portero, que no se enfade David Vidal). El Albacete Balompié, entrenado por esa leyenda llamada Manuel Alfaro “Manolete”, jugó con Sánchez; Nicanor, Martínez; Valentín, Igual, Morales; Sapiña, Costa, Roca, Belló y Porro. Lo destacado y lo que llenaba horas de tertulia en los entendidos del fútbol de entonces era, que en una época en la que todos jugaban con tres defensas y dos medios (la mencionada WM, con la que los equipos jugarían décadas), Manolete, un tipo trabajador, callado, fiel a sus pensamientos, decidió seguir como toda la vida, jugando con dos defensas y tres medios. Y la temporada le dio la razón.

La tarde es espléndida y hasta calurosa. Los prolegómenos, cordiales a más no poder. Aparte de que el público del Parque era buena gente hasta decir basta, se notaba que no habían ascensos ni competencia de por medio. Además en Albacete siempre se ha recibido con mucha cordialidad a los equipos que no estamos acostumbrados a que nos visiten.

Saltaba primero el Lérida, que ya vestía de azul con el calzón blanco, como toda la vida, y era acogido con cariñosos aplausos que devolvían los jugadores ilerdenses pisando con firmeza el duro centro del terreno del Parque, siempre de tierra. Después, salida del Albacete Balompié al campo bajo una fuerte ovación. De blanco inmaculado que enseguida se mancharía de polvo y tierra.

Los dos equipos lucían brazaletes negros con un motivo más que luctuoso y que conmocionó a todo el mundo del fútbol, que había sucedido el 4 de mayo de 1949, cuatro días atrás. El accidente de aviación del mejor equipo del mundo de aquel momento, y uno de los mejores de la historia del fútbol, el Torino, el histórico “Toro Grande” en Superga, que segó la vida de los componentes de esa escuadra. Con motivo de la primera visita del Lérida a Albacete se entregó al capitán ilerdense (Vendrell) un banderín, correspondiendo este a Juan Costa (capitán del Albacete) con un ramo de flores. El Lérida ganó el sorteo y eligió campo. Eran tiempos de “cera” durante los partidos, pero de una caballerosidad notable. De buenos deportistas, que jugaban al fútbol contra viento y marea por pura pasión.

Por fin, tras tanto prolegómeno, a las seis y cinco de la tarde, rodaba el balón, puesto en juego por el equipo del murciélago. Pita Sánchez Bravo, del colegio del Centro. Los dos equipos jugaban al ataque, despreocupados por la clasificación, en tiempos de ataques constantes y donde las tácticas defensivas si no brillaban por su ausencia, pues solían ser superadas por los ataques. Las ocasiones de gol se suceden, los extremos penetran como el cuchillo en una mantequilla que en 1949 casi nadie se podía permitir… Pero había dureza, o más bien dicho, lucha y codicia por cada balón, que nadie piense que por estar los dos ascendidos aquello era algo así como una entrevista de Alfredo Urdaci a Aznar en sus tiempos de presidente del Gobierno. Pudieron atestiguarlo Jiménez, medio izquierda leridano, y el capitán y gran estrella Juanito Costa, del Albacete, que saltaron a por un balón y sus cabezas impactaron en un terrible encontronazo que acabó con ambos fuera del partido, totalmente conmocionados. A Costa no le amortiguó la trompada ni el pañuelo con el que solía jugar, presuntamente porque la alopecia había llamado a su puerta y quería taparse, aunque nunca se pudo demostrar. Al no haber cambios, el encuentro sería diez contra diez durante ochenta minutos, más perjudicado el Albacete Balompié, que perdía a una de sus grandes estrellas, al líder espiritual de la manada, con sus treinta y nueve años a cuestas y su fama nacional ganada a base de goles en el potente Valencia de antes de la guerra.

El Alba entra en fase de desconcierto por esta desgracia y el Lérida aprovecha para asediar descaradamente la meta de Sánchez, aquel sempiterno suplente del pequeño pero a la vez gigante de los tres palos Augusto, y al final, en el minuto veinticuatro, marca su primer gol, en el que Briansó pasó a Remacha y este alojó el balón en la portería a pesar del esfuerzo del mismo Sánchez. Sigue dominando el Lérida y a los cuarenta minutos marca su segundo gol. Según todas las fuentes de la época consultadas, en fuera de juego clamoroso del interior izquierda Pintor. El descanso le vino de maravilla a un Albacete que estuvo a piques de encajar el tercero en esos cinco minutos. No sabemos si hubo “manoletina” en el descanso. Lo que está claro es que, si la hubo, no surtió el efecto deseado.

Al minuto de la reanudación el jugador del Lérida Ruiz, extremo izquierda, que estaba dando un recital, se escapaba por enésima vez, y su excursión acababa con un terrorífico tiro escupido por el travesaño. Con Sánchez en el suelo tras haber tratado de evitar ese gol seguro y con el arco de madera aún tembloroso, Briansó solo tuvo que meter la cabeza y facturar el tercer tanto. El Albacete no existía. Hasta el ánimo de los más optimistas se había congelado. La tarde se había convertido en completamente azul, como cantó muchos años después Adriano Celentano. El Lérida tenía toda la pinta de ser el primer visitante en ganar en el Campo del Parque en un lustro. Estaba dando todo un repaso a los locales, y jugaban con una fuerza y un fondo físico espectacular.

En estas, llegó la otra cara de la moneda y tuvo mucho que ver un hombre nunca totalmente ponderado, un jugador extraordinario que de haber nacido en otra parte de España hubiera jugado en los mejores campos del país. Valentín, santo y seña durante años del club se había iniciado como delantero, pero llevaba unas temporadas jugando en la media, donde seguía impartiendo cursos de jugar bien al fútbol. Al lesionarse Costa, delantero centro y con Roca, el otro delantero centro natural del once también cojeando bastante, tuvo la iniciativa de pasarse a la delantera, a recordar “viejos tiempos”, pero no a rematar, pues tampoco era un ariete clásico, sino a “tirar” de la delantera y a bajar, a servir y a entregar balones. A empujar a todo un equipo y a un pueblo entero desde su puesto. Y la exhibición fue antológica. La maquinaria albaceteña se puso en marcha en pos de pasar a la historia y quedar en la memoria de los aficionados. En pos de lograr la gesta de remontar un 0-3 adverso por primera y única vez en la historia del club. El primer paso llegó a los ocho minutos de la segunda parte. Viril jugada del medio del Albacete Morales, desmelenado en el ataque, y remate final de Roca, prácticamente haciendo el “gol del cojo”. El mérito del gol fue casi todo del rubio Morales, un hombre que llegó veterano al club pero que con su pundonor y profesionalidad se ganó los corazones de todo el mundo. A los veinte minutos, el genial y todavía imberbe ciezano Luis Belló, que estaba jugando un partido excepcional, unido a una temporada excelente, que acabó con el chico triunfando en el Zaragoza, hizo el 2-3. Había que seguir remando pero la orilla estaba más cerca. Y Sapiña, un extremo “arrebatado” al Eldense, experto en aguijonear mallas contrarias puso un pie en la orilla marcando el empate a tres goles en el minuto 71. La afición se volvía loca y vibraba como casi nunca, en su habitual frialdad.

Después de esto, pasó el típico rato de calma chicha e incertidumbre, cuando casi se corona la remontada, la afición se impacienta, y pasan unos minutos en los que no llega el deseado tanto. De hecho, el Lérida, que es un equipo sensacional, que por algo había sido campeón en la durísima zona de Cataluña, se estira y no marca el 3-4 de puro milagro. De pronto Luis Belló se escurre de todo el mundo con su juvenil desparpajo y lanza un tiro hermoso que topa con el poste cuando enfilaba el camino del 4-3, no sabemos si desviado por la mirada del portero del Lérida. Décimas de segundo de suspense culminadas en delirio cuando el “cojo” Roca, otra vez oportuno, manda el balón de cabeza a las mallas. La locura. Faltaban cinco minutos para el final. El Albacete, campeón y señor, había logrado una remontada única en la historia prácticamente aupado por sus aficionados. Y a las tres pitadas finales del señor Sánchez Bravo le siguieron la euforia, los comentarios durante días sobre el increíble momento del equipo, inédito en una capital más taurina que futbolera, y el éxito final en el campeonato, refrendado con una victoria ante el Plus Ultra, que convertía al equipo en campeón absoluto de Tercera.

Yo, evidentemente, volviendo al color, veo complicado que nuestro Alba, que tiene síntomas de estar tan malito, que no le gana a nadie, se salve de los infiernos, pero hazañas como estas con el sello de la nostalgia de lo no vivido, le convencen a uno de que nunca hay que perder la fe en los que van de blanco, ni en el escudo, porque los que vinieron antes no lo hicieron y porque a nosotros, que hemos cogido el testigo en otros tiempos, nos corresponde el honor de mantener encendida la llama para pasarla a los siguientes con el amor y el albacetismo con la que nos llegó.

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