La Biblia en Blanco

Siempre he defendido que ser de un equipo de fútbol tiene mucho de fe. Y es lo más cercano que los agnósticos/ateos del mundo (entre los que me incluyo) seguramente puedan experimentar a la creencia en una fuerza mayor que explique la existencia misma. El fútbol y más en concreto el Alba, que para algo somos todos albacetistas, igual que desata nuestras pasiones más bajas, forofas y borreguiles, nos hace experimentar sensaciones irrepetibles.

Creamos o no en la idea de Dios, pensar el sábado que Antoñito (no es nada personal contra él, precisamente escojo adrede el ejemplo de uno de los jugadores que más empeño pone, y pocas cosas hay que dignifiquen más a una institución y a un profesional que ver empapada su camiseta de sudor y el pantalón manchado de barro) iba a poner el centro bueno después de poner 17 malos es una cuestión de fe. En general, ir el sábado a nuestro templo, al Belmonte, cayendo como estaba cayendo “la pelona” (como dice Guillermo Giménez, el descacharrante narrador de la NBA) es un acto de amor extraordinario, no suficientemente ponderado ni por nosotros mismos. Venir cada quince días de pueblos de la provincia directamente es una idea cercana a la locura. Es un acto casi revolucionario en pleno 2016, elegir pasar una tarde de sábado en el Carlos Belmonte con toda la oferta de ocio que hay.

En un partido tan lánguido y bochornoso como fue el Alba-Numancia del sábado te da tiempo a replantearte muchas cosas. Desde si esta noche ceno chino o kebab, pasando por qué narices hago yo aquí y no en mi casa viendo la película de Paco Martínez (Numancia de) Soria. O tardeando. Y concluyes que la afición del Alba es especial. No es ni medio normal ovacionar a un jugador y venirse arriba sobre el asiento por el primer tiro a puerta del equipo (minuto 70). Cuando el portero del Numancia hizo aquella parada, que si llega a ir con pantalón largo y de amarillo, hubiéramos pensado que era David Barrufet en su plenitud, muchos pensamos al ver la trayectoria del balón a la vez en el 1-2, en el 2-2 y en el 3-2 uno y trino. En esa remontada épica que nunca pasa, en ese gol por la escuadra con el que fantaseas cada vez que te aposentas en el asiento y ves la portería. En ese trallazo perfecto que pega en el larguero y se mete en la portería que imaginas cerrando los ojos. En encontrar una belleza y una alegría cada vez escondidas en rincones más recónditos, en un sitio inesperado.

Y es que, como buenos creyentes, los del Alba tenemos nuestras crisis de fe. Cuando todo va mal, se tambalea todo en lo que crees. Y te cabreas. Y pitas. Y usas el diccionario de Cela. Y pides que Sampedro coja la autovía y se vaya a meditar y a criar percebes a la ría de Arosa. Te preguntas a qué ha dedicado Víctor el verano. Te preguntas por qué Jona iba a 20 goles por año y aquí parece un fantasma deambulando por las cercanías del área. Por qué le llueven felicitaciones de cumpleaños de Cádiz y Jaén y de albacetistas solo le llueven improperios. Bueno, para eso tengo una posible respuesta pero es tan evidente que no hace falta decirla. Te preguntas por qué los desbordes de Samu se espacian cada vez más en el tiempo. Hasta que algún día confundamos el Cometa Halley con uno de sus caracoleos hasta línea de fondo. Te preguntas que ha pasado con ese idilio casi permanente de Rubén Cruz con las redes contrarias. Te preguntas como ese mariscal Pulido del año pasado este año parece un capitán de corbeta desbordado. Te preguntas si a Carmona ese leñero del Getafe le quitó casi toda la raya de vida (a lo Street Fighter), con su vil codazo en aquel amistoso a media luz. Te preguntas si de verdad Luis César, con sus años de experiencia y éxitos en el fútbol, comete la torpeza constante de sacar a Diego Benito, que es el único músico que es capaz de interpretar una partitura diferente, solo con el marcador en contra, para demostrar quién sabe qué cosas.

Ya hasta la convicción en lo que nunca falla (Juan Carlos I del Belmonte) se resquebraja cuando ves que dos disparos del rival son dos aciertos.

Pero seguimos creyendo. Los del Alba, como cualquier creyente, siempre nos aferramos a algo que nos mantenga vivos. Este año es a los 23 puntos en el zurrón de la primera vuelta. Obviamos que el infame Alba 2010-11, el del descenso de la vergüenza, hizo 23 puntos en la primera vuelta. Obviamos que el Racing de Ferrol de la 2002-03, entrenado por el propio Luis César hizo 23 puntos en la primera vuelta y acabó dando con sus verdes huesos endurecidos en astilleros en la Segunda B. Nos quedamos con que el año pasado hicimos una primera vuelta penosa y pudimos pasar el mes de Mayo tumbados en la hamaca a la sombra de una permanencia de justicia. Y dados al exceso, ganaremos al Nastic y empezaremos a humedecer nuestra almohada con sueños de play-off (“pues no estamos tan lejos de arriba”). Y nadie podrá evitarlo.

Ya no voy a hablar de la parte simbólica que tiene el fútbol, la liturgia del coleccionismo, ese “dejad que los niños se acerquen a mi” de los cazadores de autógrafos, ni de los cánticos que se repiten como letanías eclesiásticas. Sería demasiado recurrente y trasnochado. Tampoco voy a comparar el milagro de los panes y los peces con descender a Segunda dos veces seguidas. Ni expulsar a los mercaderes del templo con sacar a cierto director general a gorrazos. Sería demasiado peregrino. Cuando nuestro Alba marca un gol importante o gana un partido en el descuento, quien más quien menos mira al cielo y se reconforta pensando en que, crea o no en esa eternidad celestial prometida desde que el hombre se comenzó a hacer preguntas, alguien desde arriba ha empujado ese balón. Se llame Rommel, Sebas, Ambrosio o ese abuelo/padre/tío que nos inyectó el virus incurable de ir al Belmonte. O ese amigo que iba al campo y un día dejó su asiento vacío para siempre. Con un gol del Alba en el minuto 93 absolutamente todos nos convertimos en creyentes. Y quien diga que no está mintiendo.

Después de esto, el que se atreva a afirmar que el Alba no debería ser admitido en el registro de entidades religiosas, o se está engañando a sí mismo o no estaba en el Carlos Belmonte el día que Antonio Hidalgo la controló con el pecho, tiró a la media vuelta, rebotó en la cabeza de un topo que estaba tomándose un cubalibre en al área pequeña y batió al portero del desaparecido Salamanca. ¡Y eso sólo es una página dentro de la Biblia albacetista!

Siguemé en Twitter: @Albahistorias

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