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Aúpa Alba

Rommel Fernández: Goles desde el cielo

Hoy, nos saltamos el habitual formato del “que fue de…” para evocar el que posiblemente sea el momento más triste de la historia de nuestro Alba. Tal día como hoy hace 22 años, un 6 de Mayo de 1993, la carretera truncaba la vida de un joven panameño que, con sus goles, su amor por la música salsa y, sobre todo, con su simpatía reflejada en una sempiterna sonrisa, se había ganado el afecto de una ciudad, Albacete, a la que había llegado solo unos meses antes. Esta semana, coincidiendo con el aniversario de su muerte, Aúpa Alba quiere rendir su pequeño homenaje a un futbolista que, desgraciadamente, se marchó antes de tiempo, Rommel Fernández

 

Rommel Fernández Gutiérrez nació el 15 de Enero de 1.966 en la ciudad de Panamá, concretamente, en el popular barrio del Chorrillo. Desde bien chico, el balón atrajo al pequeño Rommel y tal y como su tía Rosa relataba haces unos años a los compañeros de Marca, “era habitual que se escapara de su casa para ir a la Plaza Amador a jugar a fútbol, birriar como decimos en Panamá, con otros niños, en ocasiones mucho mayores que él. Tanto le gustaba que practicaba durante horas y horas y siempre regresaba todo sucio a casa de mi madre (la abuela de Rommel) para que lo bañara, antes que lo viera y lo regañara su propia madre.” Muy pronto, con apenas 5 añitos, entra en las categorías inferiores del Deportivo Plaza Amador, un club creado más para educar a los niños del Chorrillo que otra cosa y que, con el paso de los años, se convirtió en uno de los equipos más queridos de todo Panamá. De esta manera, Rommel pasó su infancia entre el colegio y la disputa de diferentes ligas escolares representando a su club. En una de esas ligas, el comerciante peruano Hugo Bellido, dueño del Atlético Panamá, un equipo que disputaba el campeonato ADECOPA, algo así como una recién creada Segunda División panameña, advierte las tremendas cualidades de Rommel al que le ofrece, con 15 años, la posibilidad de incorporarse a las categorías inferiores de su club a cambio de hacerse cargo del costo de sus estudios.

Pero muy poco iba a durar el periplo de nuestro protagonista de hoy en las filas de su nuevo equipo ya que dirigentes del Alianza de Panamá, de Primera División, le convencen para enrolarse en sus equipos juveniles. Ya integrado en Alianza, disputó varios campeonatos de categorías inferiores hasta que en 1.985, con 19 años, se afianza en la primera plantilla y se convierte en el gran estandarte futbolístico del país centroamericano. Cuentan las crónicas de la época que cada vez que jugaba Alianza, las gradas se abarrotaban para ver jugar a Rommel con su equipo, algo inusitado hasta entonces en un país donde el fútbol atraía muchos menos aficionados que otros deportes como el béisbol o el baloncesto. Desde Alianza, y aprovechando el escaso grado de profesionalismo de las ligas panameñas, Rommel disputaba algún campeonato más con otros equipos como la asociación hebrea Maccabi F.C. con el mismo resultado, es decir, asombrando a todo aquel que se acercaba a verlo destrozar redes rivales. Tal fue el revuelo que el potente delantero ocasionó en el mundo futbolístico de su país que se convirtió en un asiduo en los partidos amistosos de su selección y el Deportivo España, un combinado nacional panameño de jugadores con antecedentes familiares en nuestro país que iba a disputar el tercer mundialito de la Emigración (competición que disputaban hijos y nietos de emigrantes españoles) en las Islas Canarias decide que ese era el delantero que necesitaban para intentar causar buena impresión en la Madre Patria. Ante la ausencia de ascendencia ibérica en la familia del potente atacante, ni cortos ni perezosos, se inventaron la figura de unos abuelos gallegos, emigrantes en Panamá. Por aquella época, en los corrillos de su barrio del Chorrillo se comentaba que “el antepasado español más cercano que tiene Rommel es Cristóbal Colón que, seguramente, era genovés”.

De este modo, el delantero panameño aterrizaba en Tenerife donde comenzaría un idilio, que no acabó hasta su muerte, con aquella tierra canaria que él siempre definió como su islita.

Fue en este campeonato de la Emigración donde Rommel, en 1.986, se presenta en sociedad. Hoy, con la globalización y los medios digitales de los que se dispone, no queda un rincón del planeta que no sea escrutado por los grandes equipos europeos a la búsqueda de jóvenes valores. Sin embargo, en aquellos no tan lejanos años 80, era común no conocer a ciertos futbolistas más allá de sus fronteras. De este modo, nuestro protagonista de hoy, asombró a propios y extraños con su imponente figura, su potencia y, sobre todo, su cualidad más relevante, su excepcional remate de cabeza. Así, José Antonio “Tigre” Barrios, un ex delantero tinerfeño que pasó por el Barcelona en los años 70 y que actuaba como secretario técnico del CD Tenerife por aquel entonces, recibe la llamada de un amigo en la que le dice que había un delantero panameño, algo rudo en sus acciones y no especialmente dotado técnicamente, pero que era una auténtica roca que lo ganaba todo por alto y anotaba los goles a pares o incluso a “quintetos” ( le hizo 5 tantos a Venezuela en un solo partido de aquel campeonato). Barrios, como él mismo relataba para el Diario As se encontró con “un delantero con mucha potencia, un gran remate de cabeza, con un disparo muy fuerte con la pierna derecha y, sobre todo, con muy buenos movimientos”. No lo dudó dos veces y organizó un partido amistoso para aquella selección panameña con la única intención de observar a Rommel in situ y las impresiones debieron ser positivas pues solo unas semanas después, el delantero panameño viajaba a su país para intentar volver con los papeles que demostrasen su ascendencia española. Lógicamente, no pudo conseguirlos, lo cual no fue óbice para que el Tenerife se decidiese a contratar al atacante del Chorrillo ante la insistencia de su secretario técnico. El contrato se firmó en una pizzería donde algunos de los presentes aseguran que Rommel comía más que hablaba. Al parecer, todo fue muy rápido, el propio futbolista confesaba a la prensa de la época que “ni leí el papel. Se trataba de quedarme en España. Firmé y ya está”. En total, el atacante panameño percibiría una ficha de unas 100.000 pesetas mensuales, de las cuales 30.000 irían directamente a su madre, en Panamá. Rommel había llegado a su islita para quedarse.

Precisamente las ganas de sacar de la pobreza a su familia fue la que le llevó a aguantar un primer año difícil en las Canarias, lejos de su tierra y, sobre todo, lejos de los suyos. Esa temporada, visto que la nacionalización del que todavía se creía oriundo español se estaba demorando, el Tenerife que jugaba en Segunda B donde no podían jugar futbolistas extranjeros, le inscribe en su filial que disputaba la Regional Preferente. Rápidamente, se convierte en la máxima figura de la cantera chicharrera. Sus 21 goles con el segundo equipo de los canarios hacen que la temporada siguiente (87/88) ya con el Tenerife en Segunda y dado que la nacionalización ya se tornaba imposible, fuera inscrito como extranjero en la primera plantilla.

La aclimatación a su nueva tierra ya era un hecho, el clima y el calor de la gente canaria no eran tan diferentes a los de su Panamá natal y el deseo de quedarse en España para ayudar a su familia le llevaba a entrenar como un auténtico jabato en busca de su oportunidad en el fútbol profesional. Su compañero de aquella época, Quique Medina, rememora para nosotros aquellas sesiones de preparación en las que Rommel dejaba a las claras que había llegado a Tenerife para triunfar: “Enamoró muy pronto tanto a la afición como a nosotros, sus compañeros. Era tosco, duro, en los entrenamientos era un espectáculo. Yo central y él delantero, las chispas saltaban, pero siempre acababan igual, con una sonrisa, la que siempre llevaba en su rostro. Desde el principio, demostró que era una fantástica persona.”.

Su debut en competición oficial, a las órdenes de Martín Marrero, se dio en copa del Rey ante el vecino equipo de la Laguna. En esa misma eliminatoria, conseguiría su primer gol con la camiseta del Tenerife. El estreno en Liga se produjo solo unos días más tarde, en casa, ante el Xerez. Rommel entró al descanso y le bastó un minuto para enloquecer las gradas del Heliodoro Rodríguez López anotando, de fenomenal testarazo a centro de Víctor, aquel canario que ascendería años más tarde con el Queso Mecánico de Benito Floro, el tanto del empate (1-1). El mito del “pánzer”, como se le apodaría a partir de entonces, ya sobrevolaba Tenerife. Aquella temporada, sin hacerse imprescindible, ya acabó siendo importante: 8 goles en Liga y 3 en Copa daban muestra de que aquel joven caribeño de 21 años daría que hablar.

Solo una temporada después, la 88/89, su talento iba a estallar. Benito Joanet, nuevo ocupante del banquillo chicharrero, le iba a dar galones y el panameño rara vez defraudaba. Con sus 20 goles, 2 de ellos en la promoción de ascenso ante el Real Betis, catapultó al CD Tenerife a Primera División, algo que no se repetía desde 1.960, por segunda vez en su historia. El niño del Chorrillo, aquel que se escapaba de su madre para ir a dar patadas a un balón en las calles de su barrio, el mismo que durante su primer año en las Canarias añoraba su tierra, ya era un tinerfeño más, y eso que todavía no había acrecentado su figura en la máxima categoría del fútbol español, como haría más tarde. El delantero uruguayo Marsol Arias, compañero suyo en Primera División nos describe de esta manera el cariño que Rommel y Tenerife se profesaban mutuamente: “Tenía a los tinerfeños enamorados y él también lo estaba de la isla. Se sentía tinerfeño. Recuerdo que vivía enfrente del estadio y siempre había alguien que le paraba por la calle. Incluso, algunas veces, se hablaba de que podía darse algún traspaso millonario para él y, como si nada, le quitaba importancia. Decía que él estaba muy bien allí, que era muy feliz en su islita”.

En Primera División, el pánzer siguió a lo suyo, dejando claro que había venido a España para ser uno de los grandes. En su primer año en la categoría (89/90) anotó 10 goles, fue el máximo goleador de su equipo junto a Quique Estebaranz y estrenó el recién creado premio al mejor futbolista Iberoamericano que otorgaba la Agencia EFE. Como era lógico, sus goles y su juventud, como bien nos contaba antes Marsol, llamaron la atención de equipos más poderosos que anhelaban contar con la potencia del panameño en sus filas: Algo que no es de extrañar viendo la descripción de su juego que nos hace su compañero uruguayo: “Era imponente dentro del campo. Lo recuerdo inabarcable para cualquier defensa. No perdía un balón aéreo y en cada lance del juego, dejaba maltrechos a los defensores rivales. En definitiva, era potencia pura”.

Su respuesta a todos los micrófonos que le entrevistaban con motivo de aquellos rumores le hizo entrar en un rinconcito de los corazones de todos los tinerfeños: “Yo no voy a ningún sitio, yo me quedo en mi islita, me siento totalmente identificado con todos los chicharreros”. Pero no solo se había ganado el cariño de todos sus aficionados, también sus compañeros estaban encantados con su humildad y su trabajo. Quique Medina, nos deja buena muestra de lo querido que era Rommel en aquel vestuario: “Tenía un corazón de oro. Me siento muy afortunado de haber sido uno de sus compañeros. Pasábamos los días todos juntos, tanto dentro como fuera de los entrenamientos. Era amigo de todo el mundo, lo recuerdo como un compañero inmejorable.

Y, así, convertido en un tinerfeño más, los éxitos se iban sucediendo y en su segunda temporada en Primera, con 13 goles, batió los registros goleadores del año anterior para dejar al Tenerife en su mejor posición liguera hasta entonces (14ª posición) y cimentar así, junto a los Redondo, Pier, Felipe o Quique Estebaranz lo que sería el “Euro-Tenerife” que asombraría a España años más tarde. Finalmente, y pese a su reticencia a abandonar la isla, el Valencia hizo una oferta irrechazable tanto para su equipo como para él y, por 300 millones de las antiguas pesetas, el panameño, con 25 años, fue captado por los che para acompañar a Penev en la punta de ataque del Valencia 91/92. Pese a hacer una buena temporada en lo colectivo en la que su nuevo equipo acabó cuarto clasificado, su año no fue el mejor. Guus Hiddink comienza alineándole como titular pero pronto acaba perdiendo protagonismo y sus 21 partidos y 2 goles, fueron un pobre bagaje para uno de los fichajes estrella de los valencianos. Su compañero, el defensa internacional Fernando Giner, nos resume de esta manera su paso por el conjunto de la capital del Turia: “Pese a no tener continuidad con nosotros, lo recuerdo como un gran delantero, con un tremendo remate de cabeza. Sin duda, uno de los mejores cabeceadores de la época. En lo personal, era un chico humilde, trabajador y muy buen compañero. Una persona muy noble en todas sus acciones, tanto dentro como fuera del campo”.

Después de dejar Tenerife siendo un auténtico ídolo y uno de los líderes del equipo chicharrero, verse abocado a esperar su oportunidad sentado en el banquillo, era un paso atrás en la carrera ascendente de Rommel en el fútbol español. La solución a estos problemas, llegó en forma de cesión a nuestro equipo, el Albacete Balompié que buscaba un buen rematador capaz de cazar los fenomenales centros de Menéndez y Manolo.

Su debut con la camiseta manchega fue un 12 de Agosto de 1.992 en el I Trofeo de Castilla la Mancha ante el Real Madrid de Benito Floro (2-0) sustituyendo a Corbalán. En el campeonato liguero, a pesar de participar ya en la primera jornada en el Carlos Belmonte ante el Sevilla (3-4), y ser titular en los partidos sucesivos, le costó hacerse imprescindible para Julián Rubio. Su estreno como goleador se dio en el quinto encuentro liguero, precisamente frente al equipo de sus amores, el CD Tenerife (1-0), tanto que supuso el gol número 50 del Albacete en Primera División. Tras aquel partido, su buena progresión se ve cortada por algunos problemas musculares y tras su reaparición tarda varias jornadas en reencontrarse con el gol. En concreto, no lo haría hasta los 12 segundos de la jornada 15 ante el Cádiz (5-0). En aquel encuentro, batiría 2 veces más a Tubo Fernández, guardameta de los gaditanos que después sería entrenador de porteros del Albacete, para firmar su único hat-trick con la camiseta del Alba.

A partir de ese momento, su figura se agigantó y se convirtió en un referente para la afición manchega. Sus goles, su honradez y humildad dentro y fuera del campo y esa eterna sonrisa con la que atendía a cualquiera que se le acercara a pedirle una foto o un autógrafo hicieron que, en solo unos meses, Albacete idolatrase a Rommel. Pero no solo los aficionados, también, como pasó en sus anteriores equipos, sus compañeros estaban encantados con las virtudes del delantero centroamericano. “Coincidí con él en mi primera temporada en Albacete y lo recuerdo como un gran delantero. Era un gran futbolista y lo que es más importante, una gran persona” nos contaba el croata Nenad Bjelica. Por su parte, uno de los jugadores que mejor conocía al delantero panameño fuera del campo, Juan Carlos Balaguer, nos decía lo siguiente: “Compartíamos bastante ocio fuera de los entrenamientos ya que era mi vecino y solía quedar con él bastante por las tardes. Era pura vitalidad y tenía un fuerte carácter, lo que no le impedía ser un gran tipo, muy buena gente”.

En el campo, el pánzer siguió a lo suyo, que era hacer goles. En total, el panameño se enfundó la camiseta de nuestro Alba en 18 ocasiones en las que anotó 7 tantos. El último, en una derrota frente al Deportivo (3-2) en Riazor.

En el siguiente vídeo podemos ver los goles del panameño con el Albacete:

 

El 6 de Mayo de 1.993, Rommel, junto a otros futbolistas de la plantilla fueron a la vecina localidad de Tinarejos a degustar uno de los platos favoritos del panameño, la paella. Desgraciadamente, al regresar a Albacete, su coche, en el que iba acompañado por uno de sus primos, se salió de la carretera y chocó contra un árbol. El fatal desenlace, el que todos conocemos: Rommel Fernández, con tan solo 27 años, perdía la vida dejando consternada a toda una nación, Panamá, y a tres ciudades a las que enamoró tanto por su calidad futbolística como por la humana.

Cuando me enteré de su muerte, entrenando en Granada, fue tan duro el golpe que mi entrenador me mandó a casa. Tardé varios días en reponerme de aquel mazazo. El “pana” dejó huella en todos los que le conocimos, vaya si la dejó”, de esta forma recordaba para Aúpa Alba, Quique Medina, aquel fatídico trance. El dolor no se hizo esperar y conforme la noticia iba pasando de boca en boca, Albacete lloraba a uno de los suyos. “Lo recuerdo como si fuese ayer. Era el día de mi cumpleaños, lo que me dejó, aún más marcado si cabe, aquel momento. Fue algo muy duro para todos nosotros y nos costó mucho reponernos de su pérdida” así expresaba Balaguer el sentir de una plantilla en la que el pánzer se había convertido en pieza fundamental. Palabras que no difieren mucho del recuerdo que Bjelica tiene de aquellos días: “Fue un momento muy triste en mi vida. Un palo tremendo que nunca olvidaré. Que una persona joven se marche tan pronto siempre te deja muy marcado”. En Panamá, como no podía ser de otra manera al tratarse de un chico al que algunas encuestas, solo unos meses antes de su muerte, daban más popularidad que al propio presidente de la nación, la programación de emisoras de radio y canales de televisión se paralizaron para dar cuenta de la noticia del considerado como mejor deportista de la historia del país centroamericano. También Tenerife, su islita, se sumió en el dolor por su fallecimiento y los aficionados no tardaron en llorar la pérdida del que tal vez sea su futbolista más querido, a la vez que se ponían manos a la obra para homenajear al ídolo perdido.

Su funeral se produjo el día 8 de Mayo en la Catedral de Albacete y todo el fútbol español estuvo presente, de una u otra manera, para darle su último adiós a Rommel. Una multitud se agolpaba a la salida del féretro, portado a hombros por unos abatidos integrantes de la plantilla del Alba. Sus restos mortales fueron repatriados a Panamá donde, dada la dimensión que el futbolista tenía en su país, el Gobierno de la nación había decretado 3 días de luto oficial. Su entierro, fue prácticamente un funeral de Estado, el féretro fue transportado por la ciudad, donde los panameños entre muestras de dolor, se despidieron del hombre para dar paso al mito, que fue enterrado en el cementerio Manuel Amador Guerrero de la ciudad de Panamá.

Las semanas siguientes, los homenajes se sucedían. Albacete, Tenerife y Valencia, acordaron disputar un triangular cuyos beneficios irían a parar a su familia (al final, de manera vergonzante, nunca se hizo). Aficionados de Albacete crearon una de las peñas que, años más tarde, se convertiría en una de las más activas de la ciudad, llamada Curva Rommel. La principal peña del CD Tenerife, el Frente Blanquiazul, colocó una cerámica en su honor en los exteriores del Heliodoro Rodríguez López. Panamá renombró su estadio nacional, hasta entonces conocido como Estadio de la Revolución, con el nombre del malogrado futbolista y dio su nombre a la Tercera División del país (Copa Rommel). En definitiva, todos aquellos lugares donde el panameño dejó huella se volcaron con el recuerdo de su figura.

Aún hoy, 22 años después, el mítico jugador centroamericano sigue siendo recordado, además de en su tierra natal que el próximo fin de semana le rendirá homenaje mediante un partido entre antiguos componentes de la selección de Panamá y amigos de Rommel entre los que habrá ex futbolistas del CD Tenerife como Pier, en Albacete, donde cada 6 de Mayo el lugar donde perdió la vida sigue recibiendo la visita de una representación de aficionados y del propio club, y en Tenerife, ciudad en la que la cerámica conmemorativa que se le instaló en la puerta del estadio siempre tiene velas y flores frescas. Su ex compañero Marsol Arias nos decía que “seguramente su espíritu sobrevuela la isla de Tenerife donde Rommel se sentía muy feliz”, a lo que nosotros añadimos que posiblemente, en alguno de esos vuelos a los que malacostumbró a todos los que pudimos disfrutar su excepcional remate de cabeza, también se deja caer por el Carlos Belmonte.

HASTA SIEMPRE, ROMMEL.

 

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